La economía dominicana se encuentra en una encrucijada donde la retórica debe dar paso a la transformación estructural. Las recientes declaraciones del ministro de Hacienda y Economía, Magín Díaz, durante el almuerzo de la Cámara Americana de Comercio (Amcham-DR), no solo destacan por su lucidez técnica, sino por un valor escaso en la gestión pública: la coherencia.
Antes de asumir el cargo, Díaz advirtió sobre la dificultad de reducir el gasto público a niveles prepandemia y el peligro de mantener un gasto de capital exiguo. El discreto crecimiento del 2.1% del PIB el año pasado parece haberle dado la razón de manera contundente.
El diagnóstico del ministro es valiente al reconocer que el modelo de crecimiento por acumulación, basado meramente en el aumento de capital y mano de obra, muestra señales inequívocas de agotamiento.
Durante décadas, el país se ha jactado de un crecimiento promedio del 5%, una cifra envidiable en la región, pero que, según las propias palabras del funcionario, ha servido para “tapar las distorsiones” que arrastra nuestra economía.
Este crecimiento ha sido un bálsamo que ha ocultado ineficiencias profundas que hoy, ante un entorno global más complejo, resultan imposibles de ignorar.
La tesis central expuesta ante el empresariado y la vicepresidenta Raquel Peña es clara: el futuro depende de transitar hacia un crecimiento intensivo, fundamentado en la productividad. Citando al Nobel Paul Krugman, el ministro recordó que la capacidad de una nación para elevar su nivel de vida depende casi exclusivamente de su producción por trabajador.
Es rescatable el optimismo del titular de Hacienda respecto a la sostenibilidad de la deuda pública en el corto plazo. No obstante, su advertencia sobre el aumento en la carga de intereses subraya que el margen de maniobra se estrecha.
Todo dependerá, a juzgar por lo que dice el ministro, que el desafío de los próximos años será ejecutar una reforma que no solo busque equilibrio fiscal, sino que potencie la competitividad real de los sectores productivos.
La honestidad del diagnóstico es el primer paso; la ejecución de la reforma será la verdadera prueba de fuego para la actual gestión económica.









