El sistema educativo dominicano está frente al que pudiera ser su principal reto de cara a mantener la dinámica de la docencia en un contexto de distanciamiento físico como consecuencia de la pandemia del covid-19. ¿De qué se trata? De lograr que todos los actores (estudiantes, autoridades, padres, maestros, técnicos y empresarios) entiendan que sin educación no habrá República Dominicana.
La pandemia, una especie de Cisne Negro en la dinámica económica, ya que no estaba prevista, aunque otros la asemejan más a la teoría del Flamenco Rosado, ha puesto a prueba la capacidad de respuesta de las autoridades dominicanas que, dicho sea de paso, también se estrenan en la gestión pública. Ya sabían lo que enfrentarían una vez asumieran sus responsabilidades de Estado, pues el proceso electoral se dio en medio de un contexto sanitario adverso. Sin embargo, una cosa es saberlo y otra es, sin lugar a dudas, enfrentarlo en el terreno de juego.
Ahora no sólo se trata de superar el reto de mejorar la calidad de la educación, del que se viene hablando durante los últimos 40 años, con mayor profusión desde que se aprobó la 66-97 de Educación, sino que el primer plano lo ocupa la posibilidad de que se imparta docencia debido a las precariedades de conectividad, la falta de cultura tecnológica y, más grave aún, la carencia de dispositivos hábiles para dar y recibir las clases. Esta realidad es retadora para los más probados expertos. No importa su área de competencia.
Y es verdad: República Dominicana ha tenido que tomar acción rápida en cuestiones que, sin quizá, debieron haberse hecho hace muchos años. Igual que sucede con otras áreas, la educación estaba anquilosada y sólo algunos centros educativos, principalmente privados, se habían preparado tecnológicamente, logrando sacar algo de ventaja competitividad en esta situación de crisis.
Aunque la calidad es fundamental, porque es un concepto transversal a todas las actividades humanas, hoy se asocia más a cómo será la conexión entre maestros, alumnos y padres; en cómo se logrará que todos los actores “cambien el chip” frente a esta nueva realidad, que también deja al desnudo a profesores que se resisten a adoptar la tecnología como herramienta educativa, dejándolos desarmados y sin saber qué hacer. La pandemia también habrá de poner a pensar a los líderes del magisterio sobre la necesidad de preparar a los maestros, de poner en retiro aquellos que por su edad o actitud no están en capacidad de sumar y, por qué no, de aceptar nuevos talentos en el sistema que respondan a las exigencias del mercado.
Independientemente de la voluntad política, que siempre es importante, la realidad es cruda: El Ministerio de Educación identificó a 76,236 profesores sin equipos o dispositivos tecnológicos para impartir docencia. El otro reto es mayor: se requieren de 2.8 millones de dispositivos para que los estudiantes se integren a las clases, entre los que se incluyen 200,000 del nivel inicial y otros 300,000 del programa de adultos. Todo indica, por las estimaciones oficiales, que alrededor de 500,000 estudiantes tendrían conectividad con las computadoras y tabletas, lo que obliga a las autoridades a buscar otras vías para la docencia, entre las que están la televisión y la radio.
Como se ve, el principal reto ahora no es la calidad, que lo será siempre por encima de todo; ahora el foco está en alcanzar algunas de las metas propuestas por las autoridades para que por lo menos se dé clase en las escuelas públicas y en la mayoría de los colegios del sector privado.







