Al igual que los emprendimientos infraestructurales de diverso tipo, construcción de hidroeléctricas, ganadería expansiva y proyectos agroindustriales e industriales intensivos en recursos y materiales, la minería genera impactos ambientales.
Pero hoy, si existe competencia técnica reguladora; normatividad moderna y equilibrada; garantía de aplicación de exigentes y efectivos estándares internacionales; cumplimiento transparente y participativo de los requisitos del proceso de licenciamiento ambiental; implementación oportuna y eficiente de programas de monitoreo y prevención; incorporación de tecnologías emergentes para la disposición y tratamiento de relaves, y mitigación, restauración y compensación en las zonas de actuación, los impactos ambientales de las operaciones mineras deberían preocuparnos tanto o menos que los de otros sectores de la economía nacional.
Bajo esas premisas nos parece que el viejo debate sobre minería y medio ambiente debería cambiar aquellos planteamientos que siguen anclados al pasado. Ellos apuntan invariablemente a minimizar la importancia de factores tan cruciales como la regulación ambiental, la existencia de una institucionalidad robusta, transparente y comprometida con la rendición de cuentas, y la garantía de ejecución de una minería moderna y responsable identificada con los derechos legítimos de las comunidades.
Si argumentan que nada de esto es posible, que no hay esperanza de que las normas y reglamentos se cumplan, que la autoridad ambiental es incompetente y que la minería moderna es una ficción, entonces deberíamos apuntar los cañones no a las nuevas y viejas inversiones mineras, sino a las debilidades y vulnerabilidades institucionales y reguladoras del Estado.
Al margen de ello, concebir el mundo moderno sin industrias extractivas bajo la apuesta de obtener de la naturaleza solo lo absolutamente necesario para mantener la calidad de vida de la sociedad, es una necedad mayúscula e indefendible. Hoy, más que nunca, los minerales están presentes en todas las dimensiones de la vida moderna, siendo las nuevas tecnologías -que hoy disfrutamos- impensables sin su concurso.
De lo expuesto podemos deducir que el debate minería-ambiente debe trasladarse al plano de la responsabilidad, eficiencia y transparencia estatal; a la observancia por parte de las empresas mineras del marco de minería responsable; a la garantía de incorporación de las tecnologías emergentes en la industria y al desarrollo de criterios de sostenibilidad con el objetivo de equilibrar las dimensión económica, social y ambiental en el contexto de un nuevo modelo de desarrollo.
Una administración política que pretenda el cambio debe aprovechar esta oportunidad generacional para iniciar las reformas estructurales que demanda la sociedad. Demorar las acciones para viabilizar tal oportunidad y dejar el aprovechamiento de la riqueza minera nacional en manos del pensamiento fundamentalista sin el avance de defensas contundentes, convertiría el discurso del cambio en un sofisma de mal gusto.
En este sentido, recomendamos a los opositores de la minería lo siguiente:
- Utilizar los resultados de los estudios de impacto ambiental (EIA) como el principal argumento de su oposición a cualquier proyecto minero, metálico y no metálico, en la medida en que estos son aceptados como la voz de la ciencia y la técnica.
- Requerir la institucionalización de la consulta social y comunitaria, la cual se iniciaría formalmente luego del veredicto del EIA y antes del licenciamiento ambiental.
- Exigir el acceso a esos estudios desde su primera etapa, es decir, desde el momento de la elaboración de los términos de referencia por autoridad competente (en la minería es bueno ser parte antes de ser juez).
- Demandar representatividad y participación en los programas de monitoreo, prevención y remediación ambiental.
- Reclamar que, en las inspecciones y actividades de muestreo y pruebas de laboratorio, participen representantes comunitarios técnicamente competentes, los cuales pueden ser facilitados por universidades y laboratorios nacionales acreditados.
La ruta es difícil, pero posible. Desafiando ciertos discursos ambientalistas de visión estática, es la que reclama el desarrollo al que aspiramos.












