[dropcap]R[/dropcap]ecientemente me vi en la necesidad de comprar un “cover” o cobertor para el teléfono móvil de una de mis hijas. En el recorrido por las calles me encontré con un vendedor de cobertores mientras esperaba el cambio de luz del semáforo en una de las esquinas de la capital. El vendedor me pidió 250 pesos por el “cover”, pero luego de varios segundos de regateo logré que me lo vendiera en 100 pesos.
Varias semanas después requería un “cover” con las mismas características, por lo que hice un recorrido por la ciudad, pero era fin de semana y no había ni un solo vendedor ambulante. En ese momento caí en cuenta de que los vendedores informales en las esquinas descansan los sábados y domingos.
El asunto es que opté por ir a una plaza comercial para comprar el cobertor en una de las casetas de los pasillos en donde venden ese tipo de productos. El vendedor me pidió 450 pesos por el cobertor, inicié el proceso de regateo y tras mi insistencia me dijo que por lo menos que me lo vendería serían 400 pesos, es decir, 300 pesos por encima del precio al que me lo vendió días antes el vendedor callejero debajo de un semáforo.
No tuve otra opción que pagar los 400 pesos, pues necesitaba el cobertor y no deseaba esperar al lunes para salir a dar vueltas en las calles tras ese artículo.
Pero al analizar la diferencia de costo, que puede considerarse exagerada, es preciso tomar en cuenta algunos detalles: el vendedor ambulante, el informal, tiene un ingreso individual que depende de lo que venda, no tiene que pagar local, tampoco paga empleados y mucho menos impuestos por su venta. En términos objetivos, es un ente de la economía informal que no le aporta nada al sistema tributario ni al encadenamiento económico propio del negocio.
En cambio, el vendedor de la plaza tiene que pagar una renta mensual por el espacio que ocupa en el pequeño quiosco en medio del pasillo; una renta que varía de acuerdo con la condición del centro comercial. Además, tiene que pagar por lo menos un empleado así como el reporte de los impuestos correspondientes por las operaciones de ventas que realiza cada mes.
Ese vendedor formal debe asumir costos que no pesan sobre el vendedor informal, además de que contribuye con el encadenamiento de la economía, porque ocupa un espacio en un centro comercial, genera un empleo formal, paga impuestos y contribuye, aunque poco y de forma indirecta, con los empleos que genera el centro comercial con el hecho de mantenerse operando.
Como consumidor tuve la ventaja de comprar el cobertor de forma más cómoda, en un pasillo de un centro comercial, con acondicionador de aire, seguridad, estacionamiento y otras comodidades que ofrece el establecimiento.
Sin embargo, como es lógico, esos costos de la formalidad del negocio en el quiosco del pasillo del centro comercial son asumidos por el consumidor al momento de pagar un precio mayor por el producto solicitado. Pero lo ideal es que la diferencia entre el precio de venta del comerciante informal y del formalizado no sea tanta como la que se expresa en un producto vendido a 100 pesos y otro similar a 400 pesos.
Eso pasa con otros productos, incluso alimenticios, como el plátano verde que se vende en las guaguas y triciclos por las calles entre 5.00 y 6.00 pesos la unidad, mientras que en cualquier supermercado su cotización se mantiene entre 16 y 25 pesos, independientemente de que sea época de escasez o abundancia.
Una situación similar se presenta con productos de consumo constante, especialmente electrónicos, que resultan mucho más baratos al ser comprados por internet libres del pago de impuestos siempre que su valor no supere los 200 dólares. En cambio, el mismo producto, en las tiendas del país, puede costar cuatro y cinco veces más.
No es que se pretenda que el precio sea igual, pues uno está libre de gravámenes y otro no. Además de que en el país su comercialización se realiza a través de un local comercial que paga renta y empleados e impuestos, pero la diferencia no debería ser tan exageradamente amplia como en la actualidad, ante una aparente intención desmedida de sectores del comercio que luchan por adquirir cada vez mayores márgenes de ganancia, incluso por encima del promedio de rentabilidad de negocios similares en otros países.








