“Los hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen; los hombres geniales y pueblos fuertes sólo necesitan saber a dónde van”.
–José Ingenieros.
El sector industrial dominicano se ha planteado muchas estrategias, planes de acción y objetivos estratégicos con miras a lograr un modelo funcional de desarrollo industrial inclusivo y sostenible. Estos planes quedan en el olvido luego del entusiasmo vivido en los salones de lujosos hoteles, o simplemente son alcanzados en sus metas parcialmente, sin que los industriales hagan mucha publicidad. Nuestra industria adolece de muchas falencias, rezagos estructurales, estilos familiares autoritarios de gerencia y manifiesta aversión al riesgo que frena los avances en el plano de la innovación.
Como en otras economías con características similares, la dominicana se caracteriza por el predominio absoluto del sector terciario, resultando que las telecomunicaciones y el sector financiero explican algo más del 88% del valor agregado nacional. Esto significa que al sector industrial tradicional corresponde apenas algo más de un 10% del valor agregado que genera la economía en su totalidad, evidenciando en algunos de sus subsectores un relativo estancamiento.
Las zonas francas y el turismo siguen liderando el crecimiento económico, pero al mismo tiempo funcionan de hecho como enclaves, con escasa integración a las industrias y al sector agroindustrial, sin menoscabo de algunos avances evidenciados en los últimos años. Por otro lado, la atracción de inversionistas extranjeros choca con las trabas administrativas y los agujeros negros de la seguridad jurídica, la confianza legítima y la priorización, al nivel político, de la resistencia ambientalista a determinados proyectos de minería metálica, como es el sonado caso de Romero de la GoldQuest.
Finalmente, como hemos señalado en otras entregas, también gravitan negativamente las escasas o aisladas capacidades de innovación del país, a pesar de que se ha formulado más de una estrategia para impulsar la producción de conocimientos útiles y el país cuenta desde 2007 con un SNIDT. ¿Cuáles serían las perspectivas exitosas del sector industrial en estos tiempos sin una base nacional robusta que organice, planifique y lleve a buenos términos las iniciativas tecnológicas innovadoras que se producen en las universidades, centros de análisis e investigación y en las propias empresas?
Está fuera de toda discusión que las empresas ambiciosas requieren del apoyo de una base científico-técnica que convierta sus ideas o proyectos en productos rentables y competitivos. En adición, las empresas dominicanas enfrentan un gasto fiscal en gran modo inútil que bien podría ser reestructurado atendiendo a objetivos estratégicos efectivamente compartidos por los principales actores (ambiente fiscal), además del alto costo de la electricidad y cierta rigidez del sector financiero.
Así las cosas, deberíamos retomar en serio uno de los ODS (9) que reza: “Construir infraestructuras resilientes, promover la industrialización inclusiva y sostenible y fomentar la innovación”. Su consecución debe pasar ineludiblemente por la construcción y reconocimiento regional e internacional de una Infraestructura de la Calidad (IC).
La construcción del modelo de este formidable sistema para el desarrollo nacional concluyó en 2012 con la promulgación de la Ley núm. 166-12 que crea el Sidocal.
Lamentablemente, transcurrieron 11 años y todavía muchos actores relevantes no entienden el gran potencial que la IC encierra para el desarrollo industrial, la competitividad comercial en los mercados globales, el uso eficiente de los recursos naturales y humanos, la seguridad alimentaria, la salud, el medio ambiente y el cambio climático.
Como las Mipymes mantienen y fortalecen su supremacía en el tejido industrial dominicano, reflexionemos en otras entregas cómo podríamos incorporar la IC a estas peculiares empresas y cómo, haciéndolo, terminaríamos apuntando a un grupo de unidades productivas determinadas y ambiciosas, potencialmente capaces de formar parte de las grandes cadenas de valor que predominan en la economía global.










