Piensen ustedes en un mundo en donde las máquinas hacen todos los trabajos aburridos y los humanos hacen prácticamente lo que le plazca. Ese es uno de los escenarios que plantea Calum Chace (2021) en la tercera edición de su libro “La Singularidad Económica: Inteligencia Artificial (IA) y Capitalismo de Lujo Totalmente Automatizado”, en donde, además, expone los riesgos vinculados con el empleo y con el mal uso que se le pueda dar a la tecnología en el futuro cercano.
Su planteamiento sobre la singularidad económica es que esta ocurrirá en el momento en que la mayoría de las personas no pueda encontrar empleo, porque las máquinas podrán hacer todo lo que los humanos hacen por dinero, pero a un menor costo, más rápido y mejor que ellos. A eso hay que añadirle que los robots no pierden tiempo charlando, no toman tiempo para almorzar y no tienen agotamiento físico.
El escenario anterior visualiza un futuro complejo para los trabajadores quienes solo sobrevivirán si son lo suficientemente flexibles y aprenden oficios que todavía no existen. En cualquier caso, es una escalofriante transición que está ocurriendo la cual, probablemente, se acelerará con la llegada de la Superinteligencia, en donde pueden ocurrir dos cosas diametralmente opuestas: que la tecnología sea utilizada de manera positiva, pudiendo resolver cualquier problema humano conduciendo a una “economía de abundancia radical, donde nadie tenga que trabajar para ganarse la vida y todos seamos libres para divertirnos, expandir la mente y desarrollar nuestras facultades al máximo“ (Chace, pág. 26), o que los riesgos asociados al uso de la IA (accidentes, carreras de armas, etc.) se potencialicen.
Además del impacto que tendrá sobre el empleo, algunos autores prevén riesgos adicionales relacionados con el uso de la IA. En un principio, se prevé que el 14% de los trabajos en el mundo se afectarán por la irrupción de la inteligencia artificial, siendo más alto en algunos países que en otros. Uno de los riesgos está vinculado al impacto en el comportamiento de los niños quienes, desde ya, muestran irrespeto hacia robots como Alexa o Siri, situación que puede trasladarse a la relación con los demás, creando una situación en donde los niños quizás podrán ser más curiosos, pero, de seguro, serán menos educados.
Un segundo riesgo que avizora Broussard (2019) es la aparición de la “Estupidez Artificial”, en donde se cuestiona la seguridad en el funcionamiento de las máquinas y la posibilidad de que estas puedan ser engañadas, poniendo como ejemplo que “existen técnicas de maquillaje para engañar, por ejemplo, a los sistemas de reconocimiento facial”.
Un tercer riesgo del uso de la IA es la seguridad de esta, pudiendo ser utilizada para la creación de noticias falsas, sobre todo en un mundo de reacción instantánea y rápida frente a la información que le bombardean. De hecho, el Centro para la Seguridad de la IA ha declarado que “mitigar el riesgo de extinción a manos de la IA debería ser una prioridad mundial, junto con otros peligros a escala social, como las pandemias y la guerra nuclear”. Aún más, un grupo de expertos ha planteado que la Inteligencia Artificial podría llevar a la extinción de la humanidad, por lo que se debería legislar para ponerle límites a su desarrollo y uso.
Un último riesgo, planteado por el propio Calum Chace, es que la singularidad económica lleve a una élite a poseer los medios de producción y a reprimir al resto de los mortales en un autoritario régimen tecnológico despótico. Finalmente, mientras la IA sea útil y aporte beneficios a la humanidad debemos utilizarla, pero, como dice Chace, estar con los ojos abiertos y vigilantes frente a su utilización futura con fines perversos.












