El período escolar 2023-2024 de la educación preuniversitaria en República Dominicana ha empezado y, como casi siempre, los debates se reducen a si existe la cantidad suficiente de aulas para albergar el número de estudiantes que se ha inscrito, o si estarán disponibles las raciones alimenticias desde el primer día de clases, o si los docentes estarán preparados para asumir este nuevo proceso de aprendizaje.
Es obvio que aún continuamos comiéndonos la sopa por la orilla, sin darle el frente a lo que es realmente la problemática principal: los malos resultados educativos que se han obtenido durante los últimos años en materia de aprendizaje. Más aún, al comparar la inversión que se está realizando a nivel preuniversitario con los logros obtenidos por los estudiantes, sobre todo a partir del año 2012 cuando se empezó a asignar el 4% del producto interno bruto a este nivel educativo, se puede concluir que solamente tenemos pérdidas.
De hecho, lo que se deduce de la Evaluación Diagnostica Nacional 2022, es que “los niños no aprenden ni siquiera lo básico”, lo que puede considerarse como una catástrofe desde el punto de vista de la relación costo/beneficio.
La situación es tan compleja que, según los resultados de la mencionada evaluación, la cual abarcó a estudiantes de tercero y sexto grados de primaria, desde el 2017 hasta la fecha “se registra perdida de aprendizaje en el nivel primario”. Por ejemplo, se destaca que de 6,351 estudiantes que fueron evaluados en el tercer grado de primaria, solo un 17% alcanzó una calificación satisfactoria en Lengua Española, en tanto que un bajo 19% hacia lo propio en Matemáticas.
De la misma manera, los resultados de esta misma evaluación, en el caso del sexto grado de primaria, arrojaron que, de 6,286 estudiantes evaluados, un 33% logró cifras positivas en español, mientras que en matemáticas alcanzaban un pírrico 0.7%, y un 8.7% en ciencias de la naturaleza. En ese mismo sentido, los resultados para el tercer grado de secundaria, con una muestra de 5,900 estudiantes, arrojó que solo un 24% alcanzó los resultados esperados en lenguas, en tanto que un escaso 8% pasaba las pruebas de matemáticas, un 13% las de ciencias sociales y un 19% las de Naturales. Evidentemente, un fracaso el negocio educativo.
Partiendo de todo lo anterior, entendemos que convendría repensar el modelo educativo dominicano, así como el monto que se invierte cada año, y debería hacerse en función del concepto de economía de la educación, disciplina que estudia las leyes que regulan la “producción, distribución y el consumo de bienes educativos, es decir, de los productos propios de la actividad educativa, partiendo de la base que mientras las necesidades humanas son ilimitadas, los recursos son limitados, por lo que es preciso administrar esos recursos escasos” (Grao & Ipiña, 1996, citado por Vitale Alfonso y Otros, 2020).
Esta propuesta viene a cuento porque República Dominicana, tomando como referencia la economía de la educación, tiene evidentes limitaciones presupuestarias, con necesidades múltiples de la población, por lo que redirigir los recursos que se dedican al actual sistema educativo, por los resultados que se han obtenido, no sería una locura.
Sé que esta propuesta puede ser una provocación para determinados grupos económicos que se mueven alrededor de la educación dominicana, pero la verdad es que debemos reflexionar seriamente sobre el presente y el futuro del sistema educativo dominicano, particularmente a nivel preuniversitario, pues esa relación de alta inversión y bajos resultados del aprendizaje de los estudiantes no es racionalmente sostenible.
En algún momento habrá que tomar una decisión difícil pero necesaria, a pesar de la ADP, y también a pesar del negocio educativo que se montó durante los últimos 10 años.






