Lo que pasó este fin de semana con el clima, no crean que será lo más severo que veremos. El clima no está “loco”, como muchos queremos calificar a la naturaleza. Sin temor a equivocarme, los que estamos locos somos nosotros al irrespetar las leyes de la naturaleza, que, a diferencia de nuestra sociedad y autoridades, no cobran las faltas. Ella nos está aplicando la pena que merecemos, sin la posibilidad de que acepte una súplica para el perdón.
Los que recuerdan las lluvias torrenciales del 4 de noviembre del año pasado pudieron contactar que este fin de semana calló casi el doble de agua. Tanto que mi hija Patricia me recordó el cuento de Juan Bosch “Dos pesos de agua”. O las interminables lluvias de Macondo en la novela “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez.
Lo peor del caso es que las lluvias e inundaciones están siendo más frecuentes y dañinas que los fuertes vientos de los ciclones. Y también los daños son más permanentes como la erosión de la tierra, el socavamiento de los ríos y arrastre de los árboles que arrancan de raíces; son daños que no se reparan con dinero ni en poco tiempo, o que tal vez no vuelven los terrenos y riveras de los ríos a ser igual ni mejor.
Nadie duda de que esta situación será peor cada año. Esa predicción que debemos tener todos debe empujarnos a que seamos proactivos para hacer lo más necesario, que nos permitan minimizar los daños y muertos. Tanto en lo particular, como en las instituciones, el Estado en primer lugar, los ayuntamientos y el Gobierno, deben evaluar los riesgos, identificarlos y asumir el control y la supervisión, así como diseñar las medidas preventivas.
No podemos estar reaccionando y lamentándonos después que tenemos los sucesos. Sabemos dónde están las cañadas, los causes de los ríos, los manglares que hemos secado, las tierras bajas en las que hemos construido, etcétera. No debemos olvidar que las aguas recuperan su terreno de vez en cuando y cada vez más frecuente.
El Gobierno y las alcaldías deben ser los primeros en asumir la responsabilidad de ordenar y orientar las acciones bajo un plan a corto plazo con lo más urgente y, a largo plazo, para ir corrigiendo los errores que a sabiendas han permitido ir construyendo irresponsablemente.
Ya basta de populismo, dejar hacer y dejar pasar. Cada vez las soluciones serán más costosas y dolorosas. Necesitamos que nuestras autoridades actúan con responsabilidad y autoridad, porque no siempre tendremos los recursos para pagar los daños de los fenómenos atmosféricos. Debemos crear conciencia ciudadana para enfrentarnos a los inevitables efectos de la naturaleza.











