Nadie sabe lo que significa ni el valor de lo que tiene hasta que lo pierde. El presidente Luis Abinader ha rendido cuentas ante el Congreso, describiendo lo que, según él, es un ejemplo de gobierno enfocado en garantizar el desarrollo y la estabilidad. Por supuesto, esto es lo esperado. Un jefe de Estado está obligado a destacar los logros de su gestión y minimizar los desaciertos y en tiempos electorales es aún más obvio.
A este Gobierno no se le puede negar que ha hecho un excelente trabajo en garantizar estabilidad macroeconómica, especialmente en un contexto internacional hostil y luego de haber tomado las riendas del Estado en medio de una economía cerrada por la pandemia del covid-19.
En todo esto, al mirar hacia el pasado cercano, hay tres variables que se ven a la vista: estabilidad política, social y económica. Son como tres eslabones en una cadena que conecta el desarrollo económico con el bienestar. El producto interno bruto (PIB) termina 2023 con un crecimiento de 2.4%, lo que en términos absolutos serían alrededor de US$127,000 millones. Nuestra economía ya está en la séptima posición en América Latina, por encima de países como Ecuador, Venezuela, Guatemala, Uruguay, Paraguay y los demás de Centroamérica.
El crecimiento y estabilidad de la economía son factores que generan confianza en los inversionistas, tanto locales como extranjeros. Las perspectivas económicas, es decir, lo que se espera en el corto, mediano y largo plazo, también inyecta confianza en los sectores que agregan valor.
Sin embargo, antes de todo hay que volver a la estabilidad social, económica y política para entender que, ciertamente, este es un trío que hace simbiosis. Estos tres conceptos están unidos y uno depende del otro.
Sin estabilidad política, que funciona bajo un escenario democrático e institucional fuerte, es imposible que exista estabilidad social. Las dos variables anteriores traen la otra estabilidad: la económica. Ahora bien, ¿qué pasa si una de ellas se pierde o muestra debilidad? Está más que sobreentendido que también fallan las demás. La inestabilidad política enciende las protestas sociales, trayendo inseguridad y desconfianza en los agentes económicos.
Cuando el sector privado, como generador de valor siente que sus inversiones están en riesgo, entonces deja de producir, cerrando las fábricas y golpeando la economía. Haití es el ejemplo más cercano que tenemos los dominicanos. Es un país cuyas instituciones no funcionan porque ha caído en lo más profundo del caos.
Recuperar la confianza de los agentes económicos y de la población en el futuro del país es una tarea que costará muchísimos años. Esto seguirá afectando su economía, la cual no estará en capacidad de generar las oportunidades necesarias para suplir la demanda de empleos. Esto, a su vez, es un caldo de cultivo para la existencia de bandas armadas que imponen sus reglas. Valoremos lo que hemos logrado y sigamos por el camino del desarrollo.










