La diferencia entre los ingresos generados por el Estado y los gastos en que incurre es el déficit fiscal o de presupuesto, una cifra que todos los años genera titulares y mucho interés en la sociedad y los medios. El hecho de que el Estado presente un déficit no es algo necesariamente negativo; la teoría económica nos dice que cuando la economía presenta un período de baja producción, los déficits ayudan a aumentar la demanda y, por ende, la recuperación económica.
También hay otras funciones y elementos positivos respecto a los déficits que se pueden generar. Por ejemplo, el Estado se financia a través de la emisión de bonos, o deuda a largo plazo, lo que constituye una oportunidad de inversión para personas e instituciones, y es frecuentemente una atractiva alternativa para ayudar a crear y profundizar mercados de capitales nacionales.
Sin embargo, la práctica en muchos países, incluyendo a República Dominicana, en los últimos años ha sido de déficits “eternos”, pues no importa que se esté en un momento económico de abundancia, se mantienen los déficits estatales altos y crecientes, sin un plan o intención aparente de cambiar esta situación. El caso de los Estados Unidos, uno de los países más ricos y poderosos en el mundo, es ilustrativo.
En Estados Unidos, el gobierno federal ha presentado un déficit todos los años desde el 2002. Para el 2004, cuando las guerras en Iraq y Afganistán se encontraban en pleno desarrollo, presentaba un déficit por encima de los US$400 billones. En el 2009, en medio de una depresión económica, ascendía a US$1.4 trillones. Pero para el año 2023, un año en el cual el desempleo en ese país era casi inexistente, el déficit ascendía a US$2 trillones.
¿Porqué un país como Estados Unidos, con una economía tan fuerte, empresas de clase mundial y una población de casi 350 millones de personas, presenta un déficit tan alto? Básicamente se debe a que ya la mayor parte del presupuesto estadounidense se encuentra destinado a erogaciones obligatorias, como seguridad social y el pago de intereses sobre la misma deuda.
No deja de ser el caso de que a pesar de los elementos positivos, los déficits tienen consecuencias negativas a largo plazo. Ya en Estados Unidos el 73% del presupuesto nacional de este año está comprometido con estas erogaciones obligatorias. Aunque no es precisamente el mismo concepto, debemos aclarar que el gasto corriente en nuestro país absorberá casi el 90% del presupuesto del año, contra apenas poco más del 10% en gastos de capital.
Cuando un estado presenta déficits, la otra cara de la moneda es que debe “imprimir” dinero para poder cubrirlo. Esto tiene el efecto de ponerle presión a la moneda (como hemos visto con el dólar estadounidense, que se ha depreciado contra otras monedas), e igualmente puede generar inflación. Además, los déficits continuos aumentan la carga de la deuda, hasta poder llegar a ser insostenible.
Sería muy sencillo criticar a la política de Estado dominicana donde el déficit superará el 3% del producto interno bruto (PIB) en este año. Un ejercicio comparado revela que es una práctica común en la actualidad. Pero, ¿hasta cuándo se podrán financiar y soportar económicamente los déficits eternos?











