Como sociedad, no tenemos el hábito de aprender de nuestros errores, lo que nos lleva a lamentar y enterrar constantemente a nuestros seres queridos, víctimas de tragedias recurrentes que podrían haberse evitado si hubiéramos asumido la responsabilidad de supervisar las áreas que nos corresponden.
Estos eventos se repiten con los mismos elementos que los anteriores, y podrían disminuirse significativamente si todos cumpliéramos con nuestras obligaciones para obtener mejores resultados.
Es lo más sencillo del mundo, pero cada uno prefiere actuar con total libertad, sin considerar las consecuencias a corto y largo plazo de sus acciones, lo que agrava los problemas y genera eventos dañinos y catastróficos para la sociedad.
No existe un régimen de consecuencias para los responsables; nunca son señalados, ni por las autoridades ni por la sociedad misma.
Contamos con leyes, nos llenamos la boca hablando de planes e intenciones, pero carecemos de seguimiento. No corregimos los errores ni desviaciones, no exigimos resultados, y todo permanece igual y empeorando, desde el más simple empleado hasta el presidente del país, quien sigue nombrando en puestos de mando a los mismos incompetentes de siempre.
El fin de semana pasado, en Las Yayas de Azua, un accidente de tránsito cobró la vida de siete personas e hirió a más de dos docenas. Era un suceso hasta cierto punto predecible, al igual que la explosión que enlutó a San Cristóbal y a toda la nación, los muertos en las patronales de Salcedo, el colapso del edificio en La Vega, el envenenamiento de una familia por una fumigación, y tantos otros accidentes que a diario dejan en duelo a familias enteras. Si los responsables de supervisar hicieran su trabajo, tendríamos otros resultados.
En su intervención semanal del presidente Luis Abinader, Celso Marranzini mencionó que 800,000 consumidores no pagan la energía, y tal vez son quienes más la desperdician, porque no les cuesta. Sabemos esto desde hace tiempo, pero se abandonaron las acciones del gobierno anterior, que había logrado reducir esta situación a un 27%, y hoy alcanza cerca del 50% por falta de estrategias y planes concretos con resultados visibles y medibles. Todo por el interés de desacreditar el trabajo de sus predecesores, y no hacer la supervisión que demanda el desastre.
¿Es tan difícil para nuestros líderes y responsables de todos los sectores entender que la supervisión en la ejecución de planes y estrategias es vital para obtener mejores resultados? ¿Somos tan imbéciles o irresponsables como para no cumplir con una tarea tan elemental como tener el fin en mente y lograr nuestras aspiraciones con un grado de calidad aceptable?
La situación se está volviendo cada vez más compleja y conflictiva, y si no cambiamos nuestra actitud y aptitud, nos enfrentaremos a eventos aún más lamentables. Nuestros hombres y mujeres responsables de tareas sociales deben reflexionar sobre si estamos haciendo lo correcto bien hecho. La sociedad ya no soporta más caos del que estamos viviendo, y un despertar sin una adecuada canalización de las demandas y protestas podría resultar catastrófico para todos.











