Llegó la hora cero, ya se presentó la propuesta de Reforma Fiscal, vestida elegantemente de Modernización, en una pasarela en donde están agentes económicos, léase empresas y consumidores, todos esperando no pagar tan fina tela y excelente diseño.
Modernizar la Reforma Fiscal ha sido una genialidad de los hacedores de política, un verdadero hito como lo es la propia propuesta. Hay de todo y para todos. El problema es, sin embargo, que todos quieren participar de la fiesta pero nadie quiere contribuir para solventar los gastos.
La mayoría quiere probar el buen vino, la comida exquisita, la cena de gala, la seguridad en el parqueo, pero ninguno quiere aportar cuando pasan el sombrero. En resumen, que lo resuelva el dueño de la casa, es decir, el Estado. Parece una caricatura, pero no lo es.
Esa es la triste realidad de un país que no es rico, pero en donde mucha gente vive como si lo fuera, sobretodo porque puede gastar lo que quiera gracias a la evasión fiscal, y también por la elevada informalidad, no tanto de los micro y pequeños empresarios, sino de opulentos que viven en ese régimen.
Pero hay que felicitar al presidente de la República, Luis Abinader, que sin expectativas de ganancias políticas individuales se ha embarcado en esta travesía que, si se hunde el barco, será el ahogado más reconocido, el único culpable, y pasará a formar parte de lo que el viento se llevó, políticamente hablando, a pesar de sus buenas intenciones.
Sin embargo, su valentía es memorable, su apuesta a mejorar la calidad de vida de la gente es notable, y su jugada a que todo salga bien es impresionante. La problemática es que vivimos en un país atomizado, mirándonos siempre el ombligo, con poca o ninguna apuesta a las soluciones colectivas. Cada sector, productivo o improductivo, se siente merecedor de ser incentivado, recibir exenciones, exoneraciones o cualquier cosa que conduzca a no aportar nada al final de la fiesta.
Pero hay una realidad y, más que eso, un futuro. Si hoy no tomamos las decisiones precisas, mañana podemos convertirnos en cualquier cosa, menos en un país como el que tenemos, con crecimiento económico, estabilidad política, económica y social. Ninguna Reforma Fiscal beneficia a nadie en particular, de hecho, son odiosas, pero necesarias.
No hay ganancia económica ni de imagen para ningún funcionario, apellídese Vicente, Isa o Abinader. Y eso no lo dicen los libros de historia, ni nos los cuentan los periodistas fabuladores, buscadores de fortunas detrás de los discursos y las palabras.
Esta Reforma Fiscal, sin necesidad de defender al gobierno, está planteada en la Ley de la Estrategia Nacional de Desarrollo, aunque haya sido incumplida en el pasado para evitar costos políticos temporales, con evidentes irresponsabilidades partidarias.
Pero todo tiene su tiempo bajo el sol y, en este caso, y sin querer ser un Mesías, el presidente Abinader ha decidido jugársela, más que aquellos que eran los bistecs de la cena, no tayotas, pero que hoy no participan de la fiesta, ni comen del pastel, ni pueden mirar a la joven reforma vestida de modernización, porque no tuvieron el coraje ni asumieron la responsabilidad política que el momento ameritaba.






