La célebre frase “vísteme despacio, que tengo prisa” muchas veces se le atribuye a Napoleón Bonaparte, aunque también hay otras personas que se dice fueron los artífices de la misma. De todos modos, el dicho ha perdurado en el tiempo, pues retrata una gran sabiduría: para hacer las cosas bien, cuando se tiene prisa, muchas veces la mejor forma de hacerlo es con paciencia para que quede mejor.
El origen del decir se remonta a los tiempos en que los aristócratas, generales y otras personas de poder, eran vestidos por ayudantes. En el caso de esta frase, se dice que Napoleón, preparándose para unirse a una batalla, ante varios errores cometidos por su ayudante, quien lo estaba vistiendo, se pronunció en este sentido, instándolo a que realice su labor con cuidado, para que la pudiera completar de manera más expedita y con un buen resultado.
La razón por la cual traemos esta frase a colación es la aparente prisa con la cual se están presentando y conociendo reformas en nuestro país. En lo personal, como persona comprometida con el desarrollo y bienestar del país, apoyo que se conozcan reformas fiscales (sí, aumentar impuestos), laborales, constitucionales, administrativas, y otras; pero, aún con buenas intenciones, ¿se puede mejorar la forma en que se presentan estas reformas?
Y es que de alguna forma se han presentado de manera simultánea y sin gran discusión pública, ni mucho menos consenso, reformas que son fundamentales para el desarrollo y la paz social de nuestro país. De hecho, ya para el momento que se escribe este artículo, la reforma constitucional es esencialmente un hecho, aprobada en segunda lectura, y esperando ser proclamada para que ya sea un hecho.
Pero una reforma tan neurálgica como la constitucional, prácticamente pasó por desapercibido, pues el Gobierno también lanzó una fuerte propuesta de reforma fiscal, sin contar con el respaldo ni discusión previa con grandes sectores de la vida económica nacional. Cuando una reforma constitucional mayor pasa a un segundo plano, ahí vemos que quizás nuestro país está inmerso en una serie de temas que requieren de mayor ponderación.
Igualmente, como hemos apuntado en entregas anteriores, debemos modernizar nuestros códigos tributario y laboral, para que nos ayuden a llevar nuestra economía y desarrollo al próximo nivel. Pero ¿reformas tan trascendentales de los mismos, que no hayan sido previamente consensuadas ni propuestas en espacios de diálogo y discusión, son propicias para la paz social? No nos parece que sea el caso, y merecen ser replanteadas para que la medicina no sea peor que la enfermedad.
Solo aquellas personas que son contrarios políticos del presidente Abinader podrán negar que éste tiene un genuino deseo de transformar al país, de dejar un legado y ser recordado como un presidente que cambió el rumbo de nuestra nación por uno mejor. Sin embargo, aunque este sea el caso, vestirnos de tantas reformas apresuradas, sin consenso, utilizando la mayoría absoluta en el Congreso para pasarlas, resultará en un rechazo social.
Apoyamos y queremos reformas, pero debemos “vestirlas despacio”, para que sean duraderas y logren los efectos que todos aspiramos.











