Es muy frecuente para gente común tomar decisiones y asumir posiciones como reacción a determinadas situaciones, por lo que muchas veces actúa porque algo o alguien hizo o dijo algo que provocó una reacción. También puede ser por cosas que nos suceden sin que haya intervenido una segunda persona o, simplemente, porque lo hemos decidido como iniciativa propia.
Sin embargo, en la mayoría de los casos no nos detenemos a analizar, previamente, sobre las razones por las que vamos a tomar determinadas decisiones. A lo sumo, se llega a pensar, casi siempre después que se ha actuado, en analizar sobre el “porqué” lo hicimos, con lo cual estamos pensando sobre la razón o la causa que nos hizo reaccionar o actuar de tal o cual manera.
En otras ocasiones nos podríamos hacer la pregunta sobre las razones o motivaciones que nos llevaron a tal o cual actuación, es decir, “por qué” lo hice, lo cual se limita a buscar una respuesta sobre la que trataremos de dar a entender que hicimos lo correcto.
Pocas veces, en cambio, nos detenernos a razonar sobre el “para qué” lo hemos hecho o, mejor aún, “para qué” lo vamos a hacer. En ese caso estaríamos creando un espacio de razonamiento en torno a la búsqueda de un propósito de una razón de ser, tomando en cuenta elementos tanto previos como posteriores, en donde se puede pensar sobre las consecuencias.
Ese razonamiento es válido en el aspecto económico, a la hora de decidor sobre aceptar o no una tarjeta de crédito adicional que nos ofrece el banco, o la ampliación del monto límite de consumo, así como la oferta de un préstamo que no hemos solicitado y que aún así, en banco desea concedérnoslo.
Pero también tiene validez para otras decisiones que, si bien no son directamente económicas, terminan con un impacto bastante significativo en nuestras finanzas, pues no debemos perder de vista que todo, absolutamente todo, en nuestro alrededor, tiene un impacto “económico” directo o indirecto, positivo o negativo, grande o pequeño, pero económico al fin.
Recuerdo una ocasión en que una buena amiga, que dedicó los mejores años de su juventud a superarse, logró una buena carrera profesional, especialidades de posgrado, buen empleo y ascenso profesional y social en su área. Con eso pudo adquirir vehículo y vivienda propias, buen ahorro, estabilidad y holgura financiera y, en fin, todo el éxito al que puede aspirar una persona.
Sin embargo, esa dedicación la llevó a dejar de lado la posibilidad de conseguir una parea estable en una edad adecuada y, además, superó los 45 años sin tener hijos. Acababa de cumplir los 46 cuando en una conversación sincera me dijo: “Esteban, estoy decidida a tener un hijo. Quiero tener un hijo”.
Me detuve un rato antes de contestarle y cuando lo hice ella no supo si molestarse o sorprenderse, pues mi respuesta fue una pregunta: ¿Para qué? Puede que eso no le haya caído bien en el momento, pues esperaba de mí una reacción más solidaria, como “que bueno amiga”, “siempre es importante tener hijos”, “me alegra que decidas ser madre” o cualquier frase parecida.
Pero no, preferí llevarla a hacer el razonamiento sobre el propósito de su decisión y deseo, sobre las implicaciones que tiene esto a su edad y en su condición y si realmente sería un componente de felicidad y satisfacción emocional en su vida o si puede que se convirtiera en una frustración.
Al leer estas líneas hay quieres pensarán que soy desconsiderado y que no valoro la belleza de la maternidad. Pero no es eso. Lo que pasa es que creo que situación tiene su tiempo y que su ese tiempo se nos va, es mejor asumir algo de resignación antes que forzar algo que tal vez no nos de la satisfacción que creemos que vamos a tener. Respeto toda clase de opiniones, pero me ubico en las circunstancias.
Lo mismo ocurre a la inversa, cuando por una razón u otra se presenta un embarazo “no deseado”, y toca decidir sobre tenerlo o interrumpirlo. Opiniones pueden surgir miles, pero, al final, se impone la circunstancia de la persona que ha de enfrentar esa situación.
En resumidas cuentas, tal vez, los ejemplos citados no son los más adecuados, pero al final, el mensaje es que, cuando vayamos a hacer algo, por tal o cual razón, pensemos “para qué” más que “por qué” o en el “porqué”.












