Ya hace más de tres años que Rusia inició la brutal, injustificada e ilegal agresión contra Ucrania. En ese momento, febrero de 2022, los ojos del mundo se colocaron sobre Ucrania y se le concedió un apoyo material considerable a ese país ante la embestida que sufría. A Rusia se le impusieron sanciones económicas muy severas, que tenían como finalidad causarle tanto daño económico, que no tendría otro remedio que cesar en su aventura con las armas.
En este mismo sentido, los países del occidente -Estados Unidos y Europa, en sentido general- acordaron apoyar a Ucrania con recursos económicos y bélicos considerables, así como concederle acceso a fuentes de inteligencia de alto nivel, para permitirle combatir en el terreno en condiciones que pudieran hacerle frente la poderío de Rusia. Porque no puede haber duda alguna de que Rusia tiene un ejército, población y economía sustancialmente más potente que los de Ucrania.
A pesar de los desafíos y dificultades enfrentados por Ucrania durante estos años, el espíritu de lucha y los recursos y asistencia que ha recibido, le han permitido rebatir los avances rusos y hasta lograr capturar territorio del agresor. Sin embargo, ante esta realidad, el cambio de la administración estadounidense ha variado el balance de poder y expectativas, pero no en una forma que pudiera haberse esperado.
Cualquier guerra es una tragedia humana, y las vidas que se pierden representan, cada una, una pérdida irreparable. Por esto, la iniciativa de los Estados Unidos, de tratar de lograr la paz es loable, pues la realidad es que no hay ningún escenario en el cual Ucrania podrá triunfar, y a lo que más puede aspirar es a limitar lo que ha perdido.
Sin embargo, por loable que puede ser este esfuerzo, la estrategia no ha producido los efectos o resultados deseados. Para recordar, el presidente de Ucrania fue objeto de un fustigamiento público en el Salón Oval, por supuestamente no “favorecer la paz”, y toda la asistencia estadounidense en material e inteligencia fue inmediatamente suspendida. Al cabo de unos días, Ucrania y Estados Unidos pactaron términos para un alto al fuego.
No obstante, y para la sorpresa de muchos, Rusia y Putin no aceptaron el alto al fuego, colocando a la diplomacia estadounidense en una situación complicada. Porque ahora, luego de haber causado un distanciamiento con sus aliados, el país que pone el “pero” en las negociaciones para el alto de fuego y la paz, es el agresor.
La realidad es que Putin nos ha enseñado, a través de los años, que es, en buen dominicano, un zorro geopolítico, que aprovecha cada situación para su máxima ventaja, sin importar los principios o las reglas de juego. En este caso, la ofensiva rusa ha recobrado fuerza, y ahora con mayores ventajas ante la suspensión de la ayuda internacional.
Cuando estamos frente a un régimen sin escrúpulos, que está dispuesto a pisotear cualquier norma para lograr su objetivo, esperar negociar de manera racional con éstos no es realista. Es esto lo que ha pasado con Putin: esperaban que él quisiera pausar el conflicto, pero en realidad, colocó a su adversario en peor posición y se aprovechó de la situación. Sembrar caos para triunfar.










