Ha pasado justo un mes desde la gran tragedia de la discoteca Jet Set, y como suele ocurrir, el tema ya no ocupa las primeras planas de los periódicos. Tal vez muchos la han olvidado, sumergidos en sus rutinas cotidianas, cada uno enfocado en sus propios intereses, preocupaciones y pequeñas alegrías diarias.
Este comportamiento es comprensible, pero no por ello menos preocupante: refleja cómo los eventos graves que afectan al conjunto de la sociedad terminan diluyéndose en la vorágine del día a día, como si fueran episodios aislados.
Sin embargo, hay sectores que no pueden -ni deben- olvidar. Quienes tienen la responsabilidad de conducir la sociedad están obligados moral y éticamente a no pasar la página tan rápido. Su misión es garantizar un desarrollo equitativo, una paz social sostenida, y condiciones de vida que permitan a todos los ciudadanos alcanzar un nivel de felicidad auténtico y duradero. Esta felicidad no puede entenderse solo como bienestar individual o placer momentáneo, sino como la posibilidad real de vivir con dignidad, en armonía con los demás y con el entorno, disfrutando de los logros colectivos de generaciones.
Las tragedias sociales -como la que recientemente vivimos- nos muestran de forma cruda nuestras falencias, pero también nuestros aciertos. Nos obligan a reflexionar sobre si estamos actuando de manera correcta como sociedad, y qué debemos corregir para avanzar hacia un modelo de convivencia basado en el bien común. Este modelo implica que todos tengamos las mismas oportunidades de vivir tranquilos, compartiendo con nuestros seres queridos, disfrutando de las bondades y de la belleza de nuestra tierra, sin miedo ni amenazas latentes.
Si no aprendemos de nuestros errores, estamos condenados a repetirlos. Si no asumimos nuestras responsabilidades como ciudadanos -cumpliendo con nuestros deberes y exigiendo nuestros derechos-, seguiremos siendo testigos y víctimas de situaciones que nos llenan de vergüenza, dolor e impotencia. No podemos permitir que nuestros líderes ejerzan sus cargos solo como símbolo de poder o estatus, sin asumir los compromisos reales. La autoridad se debe al servicio, a la transparencia y a la rendición de cuentas.
La paz social no se construye cuando cada quien hace lo que quiere. Esa actitud egoísta, que privilegia el beneficio personal por encima del bienestar común, es lo que muchas veces conduce a tragedias evitables. Es el fenómeno de la tragedia de los comunes, donde el abuso de los recursos o la negligencia en los deberes compartidos termina perjudicando a todos. Muchos conocen estos males, pero prefieren mirar hacia otro lado.
Callar ante las injusticias, cruzarse de brazos frente a las malas acciones de otros, nos vuelve cómplices. Una sociedad saludable debe ser crítica, activa, comprometida. Debe cuestionar, exigir comportamientos éticos, y promover normas y valores. Solo así podremos vivir sin miedo al futuro. Solo así evitaremos temer por nuestra seguridad, por nuestros hijos, por la estabilidad de nuestros hogares.
La verdadera felicidad no puede florecer en medio de la indiferencia, el miedo o la injusticia. Se construye cuando todos -ciudadanos, autoridades, instituciones- asumen su rol en la defensa de una convivencia justa. Solo entonces podremos hablar de paz social auténtica: esa que se sostiene no solo por la ausencia de conflicto, sino por la presencia activa de justicia, respeto y compromiso común.











