“La historia no es la que fue, sino la que decidimos no olvidar”.- Eduardo Galeano.
Durante décadas, Estados Unidos ha mantenido una política exterior marcada por el intervencionismo, particularmente en Medio Oriente, una región a la que convirtió en laboratorio geopolítico y campo de experimentación de sus intereses estratégicos.
La retórica en contra del terrorismo, la promoción de la democracia o la seguridad global fueron más que disfraces para un mismo guion; esto es, la imposición violenta de un orden que responde a su propia visión del mundo. El caso de Irak, abordado recientemente por la BBC a través de un reportaje de Norberto Paredes, vuelve a poner sobre la mesa la peligrosidad de ese modelo.
En 2003, bajo el mandato de George W. Bush, EE. UU. lideró la invasión a Irak con el pretexto de eliminar unas supuestas armas de destrucción masiva que, como luego admitió el propio Colin Powell ante la ONU, nunca existieron. Como han señalado académicos como Waleed Hazbun, el objetivo era redibujar el mapa político regional bajo un esquema de intereses de Washington, desmantelando gobiernos hostiles y asegurando el control sobre los recursos energéticos.
El resultado fue exactamente el opuesto. Jeremy Bowen, editor internacional de la BBC, califica esa intervención como una auténtica catástrofe que sumió a Irak en décadas de caos y violencia. Recordemos que fue primero una Al Qaeda fortalecida y luego el Estado Islámico, monstruosamente ávido de sangre, alimentado por la desesperanza, las creencias religiosas, la ocupación y el resentimiento popular ante la destrucción impuesta desde el extranjero.
Los datos son brutales: más de 209,000 civiles iraquíes asesinados entre 2003 y 2022, según el Iraq Body Count, cifras que no incluyen el trauma psicosocial, la destrucción del tejido comunitario ni la migración forzada de millones. Irak no fue una excepción. Afganistán, Siria, Libia, Yemen, Los Balcanes… los ejemplos se acumulan como evidencia un patrón de intervención, destrucción, abandono.
Incluso, Donald Trump, un presidente con escasa sensibilidad diplomática y contradictorio en casi todo, llegó a reconocer en 2025 que los “constructores de naciones destruyeron muchas más de las que construyeron”. Es lamentable que apenas unas semanas después, de la mano de su protegido Benjamín Netanyahu, su propia administración retomara las viejas prácticas imperiales, demostrando que el problema no es de nombres, sino de una lógica estructural.
Como advierte Hazbun, el camino hacia una seguridad real en Medio Oriente no pasa por la imposición externa, sino por el fortalecimiento de las capacidades locales, el respeto mutuo entre naciones y la promoción de mecanismos regionales de entendimiento. En última instancia, lo que está en juego no es solo la estabilidad del Medio Oriente, sino la credibilidad moral de un sistema internacional que se dice basado en el derecho, pero permite -y a veces celebra- que un país se arrogue el derecho a decidir el destino de otros.
El intervencionismo estadounidense, en la mayoría de los casos, fue la semilla del desastre. Mientras no se reconozca que la soberanía de los pueblos no puede ser vulnerada, seguiremos siendo testigos, y víctimas, de un imperialismo moderno que, disfrazado de libertador, siembra ruinas allí donde dice llevar esperanza.











