La tasa de cambio del peso dominicano frente al dólar ha estado subiendo más allá de lo razonable y, como es normal, se han prendido las alertas.
En efecto, la autoridad monetaria y financiera, junto a los responsables de la política fiscal, han convocado al sector bancario para evaluar la situación y buscar fórmulas que permitan detener esta alza, la cual ha alcanzado, a principios de septiembre, un valor histórico de 64.05 pesos por un dólar en el mercado.
Esto, a pesar de la afirmación del Banco Central de que no existen elementos macroeconómicos que expliquen la volatilidad, más allá del efecto estacional por reposición de inventarios para fin de año, y también a pesar de tener reservas de divisas de alrededor de US$14,000 millones, y de que la economía está generando suficientes dólares tanto por remesas, turismo e inversión extranjera directa.
Frente a este escenario, solo resta echarle la culpa a la especulación, esa mano invisible que busca ganancias extraordinarias en río revuelto. Lo cierto es que el mercado cambiario en América Latina y el Caribe (ALyC) ha sido históricamente un terreno fértil para la especulación en donde, si bien la compra y venta de divisas responde en principio a necesidades de comercio, inversión y ahorro, se sabe que, en la práctica, existen movimientos especulativos que terminan influyendo en la estabilidad macroeconómica, generando episodios de volatilidad como el que presenta actualmente el país.
Diferentes economistas y organismos internacionales han analizado las causas detrás de este fenómeno, dentro de los que se encuentra José Antonio Ocampo, académico de la Universidad de Columbia, quien señala que la volatilidad cambiaria en ALyC está explicada por la dependencia de flujos de capital externos; esto quiere decir que, cuando los precios de las materias primas están altos o las tasas de interés se reducen, ingresan divisas que aprecian las monedas locales. Sin embargo, una salida súbita de esos mismos capitales, ante cambios en las condiciones financieras globales, puede provocar depreciaciones que los especuladores aprovechan para obtener ganancias rápidas.
De su lado, Cesar Calderón, economista del Banco Mundial, asevera que en los países de la región los mercados cambiarios son poco profundos, concentrados en pocos actores y con bajo volumen de operaciones, lo que repercute en operaciones especulativas de gran tamaño, generando un efecto desproporcionado sobre la cotización de la moneda, y provocando movimientos que no reflejan necesariamente el desempeño económico real. Así también, el FMI destaca que los déficits fiscales y la debilidad institucional son condiciones que amplifican la especulación, pues los inversionistas tienden a buscar protección en monedas fuertes como el dólar, lo cual acelera la presión especulativa.
En el caso dominicano, las conclusiones sobre si la especulación es lo que está influyendo en el deslizamiento de la tasa de cambio no están claras, y tampoco lo están los factores que pudieran estar generando alguna presión especulativa.
Lo que sí es cierto es que el dólar continúa al alza, afectando los costos de las empresas y, por ende, los precios de los bienes y servicios de la economía, con efectos negativos en el poder adquisitivo de la gente. A este respecto, quizás una pregunta en voz alta conduzca a una solución definitiva de este problema recurrente: ¿y por qué no dolarizamos la economía dominicana?











