Una comisión de la Organización de Naciones Unidas (ONU) acusó formalmente a Israel de cometer genocidio en Gaza, citando acciones y declaraciones de altos funcionarios, incluido el primer ministro Benjamín Netanyahu. Según la DW de Alemania, Israel rechazó el informe calificándolo de “distorsionado y falso”, mientras la comisión advirtió que la inacción continuada de la comunidad internacional equivale a complicidad.
Siempre diré que sin el 7 de octubre de 2023 no existiera la guerra que hoy lidera Israel contra los terroristas de Hamás. Esa fecha marcó un punto de quiebre en la historia reciente de Israel. Fue una masacre sin precedentes contra civiles israelíes, atacando comunidades fronterizas, incluyendo kibutzim, con una crueldad que desafía toda racionalidad.
La guerra en Gaza, iniciada tras el ataque de Hamás el 7 de octubre de 2023, ha dejado un saldo humano devastador. El Ministerio de Salud de Gaza, obviando su falta de credibilidad, contabiliza más de 66,000 fallecidos, de los cuales más de 18,000 serían niños y 10,000 mujeres. Las imágenes que circulan desde entonces, y que pude ver personalmente durante mi estadía en Israel, son imposibles de describir con justicia. Lo que ocurrió no fue un simple ataque de Hamás: fue una carnicería deliberada contra hombres, mujeres y niños indefensos. El kibutz Nir Oz huele a barbarie.
Hamás, clasificada como organización terrorista por Estados Unidos, la Unión Europea y otros países, no representa los intereses legítimos del pueblo palestino, sino una ideología de odio que niega el derecho de Israel a existir. Su carta fundacional no deja lugar a dudas: busca la destrucción del Estado judío por medios violentos.
El ataque del 7 de octubre dejó más de 1,200 muertos y 251 secuestrados, muchos de ellos civiles que simplemente vivían en paz. ¿Por qué tanto odio? ¿Por qué el extremismo lleva a unos pocos a afectar la vida de tanta gente que sólo quiere vivir en paz? Este conflicto no puede entenderse sin reconocer el derecho histórico, político y moral de Israel a existir y defenderse.
Israel no solo ha sobrevivido a guerras, boicots y terrorismo; ha prosperado en medio de la adversidad, construyendo una democracia vibrante, una economía innovadora y una sociedad plural. Su presencia en esas tierras no es producto de una imposición, sino de una reivindicación legítima de origen, cultura y supervivencia.
Lo más doloroso de esta guerra, como en todas, son las víctimas inocentes. Los niños, especialmente, sufren sin comprender por qué. En Gaza también hay sufrimiento y es legítimo lamentarlo. Pero ese sufrimiento no puede ser usado para justificar el terrorismo ni para relativizar la barbarie. La responsabilidad de Hamás en la tragedia palestina es profunda: ha gobernado con puño de hierro, ha desviado recursos hacia armamento y túneles.
Además, ha sembrado odio en lugar de educación. Si el pueblo palestino hubiera apostado por el desarrollo, la educación y la convivencia en los últimos 80 años, hoy estaríamos hablando de cooperación, no de guerra. La historia ofrece ejemplos de pueblos que, tras el conflicto, eligieron el camino del progreso. La paz no se construye con cohetes ni con discursos incendiarios, sino con instituciones, libros y voluntad.
Israel tiene no solo el derecho, sino la obligación de defender a sus ciudadanos. Y el mundo debe entender que su lucha no es solo por seguridad, sino por existencia. Esta guerra es un recordatorio brutal de que el antisemitismo no ha desaparecido, solo ha mutado. Y frente a eso, la respuesta debe ser clara: nunca más.









