Recientemente, estuve releyendo un artículo escrito por el Padre José Luis Alemán, sacerdote jesuita ya fallecido, publicado en el periódico Hoy de fecha 23 de enero de 2006, en donde este destaca que el dinero, en esencia, merecía ser usado con circunspección sea para el consumo, el ahorro o la inversión.
Haciendo referencia a una frase del economista sueco Thorstein Veblen, el Padre Alemán afirmaba que el irrespeto al dinero se reflejaba en el consumo conspicuo, es decir, en la cantidad exagerada que se compraba de bienes y servicios irrelevantes solo para evidenciar riqueza y obtener admiración. Más aún, este autor observaba que, en ese escenario, se podían distinguir dos grupos: los ricos de siempre (de antes y ahora), y los nuevos ricos, en donde cabe mucha gente, según la mirada de quien suscribe (políticos que han pasado por el gobierno, narcotraficantes, jugadores internacionales de diferentes disciplinas, influencers y creadores de contenido, y una cantidad variopinta de gente a la que no se le conoce el origen de su fortuna).
Una cosa que tienen en común estos grupos, fuera de cualquier enjuiciamiento con tinte de envidia, es que evidencian un deseo extremo por el exhibicionismo, por la exposición de sus bienes ante las redes sociales y las plataformas tecnológicas, por enrostrarle al resto de los humanos, en cualquier parte del mundo, su “éxito material”. Y esto se complejiza más en la sociedad líquida que define Zygmunt Bauman, en la cual el consumismo rimbombante y libertino se convierte en una identidad de las personas. Frente a todo esto, el Padre Alemán se hacía la siguiente pregunta: ¿Cuál es la causa entonces de esa inclinación humana al consumo desenfrenado y ostentoso?
La respuesta a esta interrogante la encontró en el “efecto cola de pavo real” que, en su momento, definió el profesor Geoffrey Miller buscando una explicación al papel que en el desarrollo de la evolución había jugado la atracción intersexual.
La explicación de Miller, narrada por el economista alemán, era que “la clave de la evolución estaba en la tendencia entre los animales a un exhibicionismo sexual hacia el otro sexo que tendía a incrementarse a medida que este se hace más exigente como resultado de la primera manifestación de galanteo”. Esto implica que el irrespeto al dinero manifestado en un consumo irracional puede ser racional al pavo real que todos llevamos dentro.
Sin embargo, hay un elemento importante que se revela en todo esto del irrespeto al dinero por parte de los denominados nuevos ricos, y es que estos, sin caer en descripciones peyorativas, han implantado, en muchos casos, estilos de vida que en vez de enaltecerlos como nueva clase social a imitar, reflejan carencias humanas que son rechazadas hasta por sus iguales que no tuvieron esa dicha ganada. En el caso de los ricos de siempre, aunque su nivel de consumo también es conspicuo, muestran una tendencia a la sencillez buscando, por igual, aprobación de sus pares al igual ricos.
Independientemente de todo lo anterior, lo cierto es que actualmente el consumo conspicuo, el exhibicionismo de lo material como símbolo de progreso, la ostentación desenfrenada, se han convertido en un hecho común que a nadie parece espantar y, mucho menos, preocupar.











