Los dominicanos en el exterior, a menudo lejos de los reflectores y del reconocimiento que merecen, se han convertido en pilares fundamentales de la estabilidad y el crecimiento macroeconómico de nuestro país. De entrada, pudiéramos decir que son exiliados económicos, pero también, por lo que significan ahora, se han convertido en verdaderos guardianes de la estabilidad macroeconómica.
Su contribución, silenciosa pero poderosa, se manifiesta a través del flujo constante de remesas que irrigan la economía dominicana, sosteniendo familias, impulsando el consumo y estabilizando los precios. Ese flujo contante de divisas es una inyección de certidumbre para la tasa de cambio. Las cifras hablan por sí solas.
Según datos del Banco Central, entre enero y septiembre de este año, el total de remesas enviadas por los dominicanos en el exterior superó los US$8,912 millones, con una proyección que apunta a sobrepasar los US$11,500 millones al finalizar el año. Esta inyección masiva de divisas representa un salvavidas para la economía nacional, especialmente en un contexto global marcado por la incertidumbre y la volatilidad.
Uno de los efectos más importantes de las remesas es su impacto en la estabilidad de precios. La tasa de cambio, una variable crucial en la determinación de los costos en la economía, se ve directamente influenciada por la disponibilidad de dólares en el mercado.
Las remesas, al aumentar la oferta de divisas, contribuyen a moderar las presiones sobre la tasa de cambio, evitando fluctuaciones bruscas que podrían desestabilizar los precios y erosionar el poder adquisitivo de los ciudadanos. Si tenemos una inflación que no supera el 3.7% anual se debe, en parte, a las remesas.
Si bien las remesas no forman parte directa de las cuentas nacionales, ya que son generadas fuera del país y, por lo tanto, no se contabilizan dentro del producto interno bruto (PIB), su impacto en la economía interna es innegable.
Al dinamizar el consumo, las remesas impulsan la demanda agregada, incentivando la producción local y generando un círculo virtuoso de crecimiento económico. Familias que reciben remesas pueden acceder a mejores servicios de salud y educación, invertir en sus negocios y mejorar su calidad de vida, contribuyendo así al desarrollo social y económico del país.
Es imperativo reconocer y valorar el esfuerzo y el sacrificio de los dominicanos en el exterior. Lejos de su tierra, trabajando arduamente para enviar recursos a sus familias, estos hombres y mujeres se han convertido en verdaderos guardianes de la estabilidad macroeconómica de República Dominicana. Su aporte, a menudo subestimado, merece ser celebrado y reconocido como un pilar fundamental del progreso nacional.
Es hora de que la sociedad dominicana, en su conjunto, valore y agradezca el invaluable papel que desempeña la diáspora en la construcción de un futuro más próspero y estable para todos.
Sé que las familias que no verían el fin de mes sin estos recursos valoran las remesas. ¿Pudiéramos decir lo mismo de los gobiernos? No estoy tan convencido.








