[dropcap]E[/dropcap]l pasado 2016 se caracterizó por la ocurrencia de múltiples acontecimientos, tanto nacionales como internacionales, algunos positivos, otros no tanto; pero que sin dudas hicieron que se tratara de un año muy intenso y de mucha actividad.
Para los dominicanos el acontecimiento más trascendente durante 2016 fue el hecho de que hubo elecciones presidenciales y el presidente Danilo Medina resultó ser reelecto en el cargo en medio de múltiples cuestionamientos que no se relacionaban con su triunfo en sí mismo, sino con la forma en que se desarrolló y concluyó ese proceso.
La victoria de Medina se vio deslucida porque la labor de la Junta Central Electoral (JCE) no fue la más adecuada y muchos acontecimientos, que no se hace necesario mencionar, parece que hasta le quitaron el deseo de celebrar al equipo que respaldó al mandatario reelecto, pues hubo aires de inconformidad hasta de una parte importante de su propio partido.
El período electoral 2012-2016 fue bastante favorable para el presidente Medina, pues implantó una forma de gobierno distinta, caracterizada por un mayor contacto con la población, específicamente con sectores de áreas vulnerables en términos económicos. Además, el Presidente decidió dar prioridad al mandato legal de destinar por lo menos el 4% del producto interno bruto (PIB) a la educación y vendió una imagen de transparencia en la administración pública con la promesa de enfrentar la corrupción en todas sus expresiones.
Esas pueden ser las principales razones por las que Medina mantuvo durante esos cuatro años una popularidad que nunca bajó del 80% de la aceptación generalizada de la población. Esto reforzado por la aparentemente mala administración de su antecesor, el establecimiento de una acertada estrategia de comunicación y amarres con sectores económicos que prácticamente neutralizaron a una parte importante del empresariado nacional.
A eso se agrega la suerte que tuvo Medina en referencia a acontecimientos externos favorables para la economía nacional, especialmente la reducción inesperada de los precios del petróleo y por ende de los costos de los combustibles y de la generación eléctrica.
Pero para el cuatrienio 2016-2020 las circunstancias no se ven tan favorables para el mandatario reelecto. De hecho, desde el inicio de su segundo período se ha caído su popularidad a niveles nunca vistos en el pasado, a lo que se agregan escándalos por irregularidades administrativas en varias instituciones del Estado, actos de corrupción internacional que tocan seriamente a este y otros gobiernos del país, así como un aparente desbordamiento de la delincuencia que ha creado un ambiente de inseguridad ciudadana muy desfavorable.
Otro aspecto de amplias críticas contra el gobierno de Medina en su segunda gestión es el excesivo y creciente proceso de endeudamiento externo e interno para financiar un presupuesto poco planificado y de limitadas prioridades.
En medio de esos acontecimientos internos se percibe en el exterior una tendencia a provocar la recuperación de los precios del petróleo, mientras que aquí los hacedores de opinión pública, tanto los parcializados en contra del Gobierno como los que desean de forma sincera una mejora en la situación del país, arrecian sus críticas y denuncias en procura de que se produzcan reacciones efectivas del Gobierno para sentar las bases de una mejoría.
Todo parece indicar que el presidente Medina no está saboreando los néctares del poder alcanzado con una reelección presidencial que se desarrolló por encima de todo y de todos.
Es como si la victoria y las acciones desarrolladas hasta ahora no crearan ningún tipo de satisfacción en la mayoría de la población y hasta en una parte importante del Gobierno, incluido el propio presidente Medina.
Todo lo anterior obliga al presidente Medina a aplicar una especie de sacudión de su gestión que implique asumir acciones, como: efectivas medidas que fortalezcan la seguridad ciudadana, sustituir a algunos de sus funcionarios cuestionados, sacrificar a “alguien” ante la Justicia para paliar las constantes denuncias de impunidad, transparentar el tamaño real de la economía, disciplinar el gasto público, hacer más eficiente la administración tributaria, ordenar la agilización para las firmas de los pactos Eléctrico y Fiscal y, sobre todo, dar cumplimiento a por lo menos una parte de las promesas que hizo en su discurso de toma o continuación de su posesión y del programa de gobierno que le vendió al país.
Tiene que hacer algo, porque como va, no va bien.









