“La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en ese interregno aparecen los fenómenos morbosos más variados”.- Antonio Gramsci.
En su reciente artículo Declive imperial y poder blando, el economista Isidoro Santana propone una reflexión necesaria sobre la crisis del liderazgo occidental en un escenario de creciente inestabilidad global. El texto acierta al desplazar el foco desde la dimensión estrictamente militar hacia un terreno más decisivo para la economía política internacional, esto es, la credibilidad, la narrativa y la capacidad real de generar bienestar compartido.
Los imperios no se sostienen solo por la fuerza. Lo hacen porque logran persuadir a otros de que su dominio es funcional al progreso, a la eficiencia y a una mejora sostenida de las condiciones de vida. Cuando esa promesa se quiebra, el poder blando se erosiona y la hegemonía comienza a resquebrajarse desde dentro, aun cuando conserve -como ocurre con Estados Unidos- una capacidad militar formidable.
Uno de los aportes más sólidos del texto es el uso de evidencia empírica para sustentar este argumento. Los datos del World Inequality Database muestran que, desde la década de 1980, el crecimiento económico estadounidense no se ha traducido en mejoras sustantivas para los sectores más pobres. La productividad alcanza máximos históricos, pero la participación del trabajo en el ingreso permanece en mínimos prolongados.
El resultado es una economía que crece sin integrar y concentra riqueza de manera persistente, una combinación problemática para cualquier narrativa de liderazgo moral o civilizatorio.
El contraste con China y varios países de Asia Oriental no implica afirmar que sus ciudadanos vivan mejor que los estadounidenses. Lo que se observa es una trayectoria distinta de superación de carencias. Millones de personas han salido de la pobreza en plazos relativamente cortos, reforzando la percepción de eficacia económica y social. En el Sur Global, donde las promesas incumplidas de Occidente dejaron una huella profunda, los resultados pesan más que los discursos.
El texto señala con acierto que el problema no es solo la desigualdad -extendida en casi todas las economías de mercado-, sino la ruptura del vínculo entre crecimiento y bienestar social. Este quiebre tiene implicaciones económicas entre las que se destaca el debilitamiento de la demanda agregada, la mayor fragilidad social y la creciente inestabilidad política.
La advertencia sobre el impacto potencial de la inteligencia artificial añade un elemento crucial, pues la automatización puede profundizar la exclusión si no se acompaña de políticas activas de adaptación laboral y protección social.
Resulta igualmente relevante la lectura del modelo asiático como una experiencia pragmática y no doctrinaria. La combinación de mercados relativamente abiertos, fuerte presencia estatal en sectores estratégicos y regulaciones estrictas demuestran que estos ensayos son funcionales en contextos históricos y culturales específicos. Estamos ante una evidencia incómoda para quienes sostienen que solo el liberalismo económico puro garantiza eficiencia y prosperidad.
En el tramo final, el texto abre un debate especialmente significativo para América Latina. La oposición simplificada entre democracia y dictadura fue utilizada durante décadas como recurso retórico para legitimar alineamientos geopolíticos y políticas económicas que no siempre beneficiaron a las mayorías. Recordar que el liberalismo es una forma histórica de convivencia y no un destino universal obliga a repensar las categorías con las que se evalúan desarrollo, gobernanza y legitimidad política.
Desde una perspectiva económica, el declive del poder blando occidental no es un fenómeno abstracto. Tiene efectos concretos sobre flujos de inversión, comercio, pobreza, financiamiento y alianzas estratégicas. La credibilidad también cotiza en los mercados, y cuando se erosiona, los costos aparecen en forma de mayores primas de riesgo, fragmentación financiera y menor capacidad de coordinación global.
El artículo de Isidoro Santana contribuye a este debate con rigor y mesura. Critica sin estridencias, compara sin idealizar y cuestiona sin erigir nuevas ortodoxias. Hoy, esa combinación de evidencia, prudencia analítica y mirada histórica resulta especialmente valiosa para comprender no solo el mundo que se desvanece, sino también las incertidumbres económicas del que comienza a emerger.





