La oscuridad que cubrió a República Dominicana este pasado 23 de febrero no fue un simple inconveniente doméstico. Hay que tratarlo como un síntoma de una patología profunda que el país no puede seguir ignorando.
Al ser el segundo corte de energía generalizado desde el 11 de noviembre de 2025, este evento deja de ser una casualidad técnica para convertirse en una evidencia de vulnerabilidad sistémica. Es inaceptable que, en pleno 2026, un país que proyecta modernidad se apague de punta a punta, recordándonos que nuestra infraestructura básica camina con pies de barro mientras el resto de la economía intenta correr hacia el primer mundo.
Es una contradicción dolorosa y, francamente, vergonzosa. Este apagón ocurre precisamente cuando el país celebra hitos que deberían ser motivo de orgullo nacional y confianza internacional: el reciente anuncio de una inversión de US$500 millones por parte de Google y la inauguración de una nueva extensión de casi siete kilómetros más de la línea oeste del Metro de Santo Domingo.
¿Cómo explicamos a los mercados globales que somos el destino ideal para el capital de alta tecnología si no podemos garantizar el flujo de energía a nuestras propias industrias?
La competitividad no es solo un discurso de zonas francas y turismo; es, ante todo, estabilidad operativa. Todo fluye hacia un mejor destino: confianza y credibilidad. Es cierto que el panorama macroeconómico es envidiable. Con proyección de crecimiento de 4% este año, República Dominicana sigue siendo el “milagro” de la región.
Sin embargo, ese éxito es nuestro mayor desafío: a mayor crecimiento, mayor demanda; y a mayor demanda, mayor presión sobre un sistema que hoy demuestra no estar a la altura.
Si las autoridades no identifican los fallos verdaderos y estructurales. lejos de las excusas coyunturales de siempre, los blackouts del futuro serán más frecuentes, más inoportunos y mucho más costosos.
Entendemos y no ponemos en duda la preocupación del Presidente y de los directivos del sector eléctrico. Se percibe una voluntad de cambio, pero con la preocupación no se encienden las turbinas. Es imperativo que el Gobierno asuma el costo político de una reforma técnica y gerencial profunda.
Si queremos ser el “hub” de la región, la estabilidad del sistema eléctrica nacional interconectado debe dejar de ser una promesa electoral para convertirse en una realidad técnica indiscutible.
