La inauguración de la Línea 2C del Metro de Santo Domingo, este 24 de febrero, no sólo llega con retraso y con cuestionamientos, sino que, al mismo tiempo, representa un hito en la infraestructura de transporte masivo del país. Es la continuación de un sistema iniciado hace 17 años y que no debe parar jamás.
Con una inversión que supera los US$500 millones, el Estado dominicano reafirma su apuesta por la movilidad masiva como la vía principal para conectar a miles de ciudadanos que, hasta ayer, vivían atrapados en el eterno nudo de Los Alcarrizos y la autopista Duarte.
Esta obra va directo al corazón de la calidad de vida: reduce tiempos de traslado, ahorra dinero al usuario y dignifica el trayecto diario de la clase trabajadora. Esto es irrefutable.
Sin embargo, en el entusiasmo del corte de cinta, no debemos caer en la miopía de ver esta extensión como una panacea. El Metro es una pieza del rompecabezas, pero no el cuadro completo.
Santo Domingo padece un problema estructural de tránsito que ninguna red ferroviaria puede resolver por sí sola si no se aborda la raíz del caos: la falta de consecuencias para los conductores. Mientras el irrespeto a las leyes de tránsito sea la norma y las autoridades sigan siendo permisivas con la anarquía vehicular, el Metro será un alivio subterráneo (o elevado) en medio de un infierno superficial.
Un punto que no debe pasar desapercibido es el estado de entrega de la obra. Si bien la funcionalidad del sistema está garantizada, la realidad es que la línea se inaugura con detalles críticos por terminar.
Hay escaleras de emergencia incompletas y fallas en las terminaciones de las estaciones son señales de una prisa que, por lo que tenemos entendido, no compromete la seguridad ni la estética de una inversión tan cuantiosa.
Más preocupante aún es la situación debajo del viaducto. La vía marginal, diseñada para desahogar el flujo vehicular local, permanece inconclusa. Esto deja una gran interrogante sobre si realmente veremos una mejoría en la entrada a la capital desde el Cibao.
El kilómetro 9, ese histórico “cuello de botella” que se ha convertido en una vergüenza para esta administración debido a la lentitud en su solución definitiva, sigue siendo un recordatorio de que la planificación urbana no puede ser fragmentada. De nada sirve un tren moderno si el entorno peatonal y vial que lo rodea sigue siendo un lodazal de desorden.
A pesar de estos cuestionamientos, necesarios para exigir excelencia en el gasto público, la valoración final debe ser positiva. La Línea 2C es un paso de gigante hacia la modernización.
Es una obra que devuelve horas de vida a la gente y que, a pesar de sus flecos sueltos, demuestra que el Estado tiene la capacidad de ejecutar proyectos de gran envergadura.
El reto ahora es que la eficiencia que se ve en los rieles se traslade también a la gestión del tránsito terrestre y a la terminación impecable de las obras civiles pendientes para mejorar el servicio.











