El mundo actual no puede leerse en capítulos separados, sino como una reacción de hechos en cadena. En efecto, mientras una parte del mundo vibra con la pasión del Clásico Mundial de Béisbol, los radares militares en el Medio Oriente y las mesas de negociación diplomática en Washington, configuran un escenario de incertidumbre que redefine el tablero global. Para la República Dominicana y la región, el desafío es navegar entre la urgencia económica, las expectativas negativas sobre el futuro cercano, y el realineamiento político.
Por ejemplo, el conflicto abierto entre Irán, Israel y los Estados Unidos ha dejado de ser una amenaza latente para convertirse en un factor de distorsión económica directa. Para América Latina, y en especial para economías no productoras de petróleo como la dominicana, la guerra se traduce en una vía expedita para tener inflación importada.
El Estrecho de Ormuz, convertido en un cuello de botella logístico, ha empezado a presionar al alza no solo el barril de crudo, sino los fletes marítimos, las materias primas y los insumos agrícolas.
Bajo este escenario, y visualizando el corto plazo y mediano plazo, la República Dominicana enfrenta el dilema de la sostenibilidad fiscal: ¿hasta dónde puede el Estado absorber el alza de los combustibles sin sacrificar la inversión pública y manteniendo el nivel de pago de la deuda pública? Sin que haya una respuesta inmediata y certera, la prolongación del conflicto amenaza con erosionar el poder adquisitivo de la clase media baja y con ralentizar el turismo global debido al encarecimiento de las tarifas aéreas.
Así también, en este contexto de inestabilidad, la reciente reunión de Donald Trump con sus homólogos de América Latina y el Caribe marca un giro en la diplomacia hemisférica. El tono, aunque sobrio y prudente, ha sido de una exigencia pragmática. Desde nuestro punto de vista, el enfoque verdadero se centra en tres ejes: seguridad fronteriza, relocalización de cadenas de suministro (nearshoring) y el control de la influencia extra-regional.
Para las naciones caribeñas, este acercamiento representa una oportunidad de oro para posicionarse como aliados estratégicos frente a la inestabilidad de las rutas transatlánticas. Sin embargo, el costo es la alineación geopolítica estricta, sin recelos ni exigencias.
Mientras tanto, la celebración del Clásico Mundial de Béisbol sigue su agitado curso, con el equipo de los Estados Unidos al borde de la descalificación, a la vez que crece una inusitada rivalidad entre los equipos de Venezuela y dominicana.
Para nosotros, el béisbol es el único lenguaje donde la asimetría económica desaparece. Y este fenómeno no es menor en términos económicos: el flujo de divisas, el mercadeo deportivo y el orgullo nacional actúan como un amortiguador social ante la presión inflacionaria. Es el momento en que lo micro (el sentimiento del fanático) se conecta con lo macro (la marca país).
En resumen, la coctelera mundial, nos entrega un brebaje amargo en lo económico por la guerra, pero estratégico en lo político por el nuevo diálogo con Washington, y deportivo por el Clásico Mundial. Aprovechar este escaparate internacional para fortalecer la imagen como destino turístico puede ser una ganancia, mientras los técnicos del Banco Central y de Hacienda y Economía vigilan con cautela los cielos de Medio Oriente y toman las medidas adecuadas y pertinentes.









