En una sociedad donde la riqueza rápida y la apariencia pesan más que la vida misma, se construye sobre cimientos frágiles: el de la indiferencia, la negligencia y la ambición desmedida.
La tragedia ocurrida en la icónica discoteca Jet Set no es un accidente aislado. Es el eco doloroso de un sistema que, a fuerza de mirar hacia otro lado, ha normalizado la falta de controles, la inobservancia de protocolos, estándares, normativas y guías, y ha silenciado las alertas. La sed insaciable por tener más -más clientes, más espectáculos, más dinero- ha ido desplazando el valor de la vida humana.
Cuando cada metro cuadrado se convierte en un negocio, cuando cada permiso se negocia o se ignora, cuando la supervisión pública se limita a firmas y no a inspecciones reales con régimen de consecuencias, el desastre no es una posibilidad, es solo cuestión de tiempo.
En efecto, la falta de supervisión efectiva, tanto en obras públicas como privadas, ha creado un terreno fértil para la irresponsabilidad y el desparpajo. Se habilitan espacios sin salidas de emergencia funcionales, se ignoran normas de seguridad contra incendios, se sobrepasan los aforos, se ignoran los llamados de atención, no se realizan mejoras definitivas en la infraestructura y todo queda en papel, en una aprobación rápida, a veces cómplice, a veces ausente.
Y cuando el humo lo cubre todo, cuando los gritos rompen la música y la muerte entra por las grietas que la corrupción y la negligencia dejaron abiertas, entonces -solo entonces- vienen las preguntas.
Pero ya es tarde. Porque lo que debía ser prevención se convierte en lamento, y lo que debía ser responsabilidad se diluye en ruedas de prensa, en espacios pagados en señal de luto, en declaraciones con congojas ensayadas, voceros mediáticos con narrativas que tienen valor de mercado, y muchas promesas de investigación.
El Jet Set no solo era un símbolo de la vida nocturna; era también una estructura que, como muchas otras en el país, había sido tragada por una cultura del “todo vale si deja dinero”, y también del “to e to y na e na”. Hoy, esa estructura está marcada por el dolor, y su historia debe servir como un espejo brutal de una verdad incómoda: cuando el dinero manda y el Estado calla, la tragedia cobra su precio.
Que esta desgracia no quede archivada en la carpeta del olvido. Que sea un punto de inflexión para toda la sociedad dominicana, y también para cada uno de nosotros como individuos. Que el país entienda que no hay desarrollo verdadero sin ética, sin ley y sin vida protegida. Que ninguna ganancia justifique tantas pérdidas humanas.
Esta tragedia debe llevarnos a repensarnos y a entender que todo el dinero del mundo no puede acumularse sobre los cuerpos de tantos cadáveres. Pudimos ser nosotros o cualquiera de los que están leyendo esta columna. Digamos que fue solo cuestión de suerte.
Ojalá que, a partir de esta tragedia, el Estado deje de ser solo gobierno y se convierta en un verdadero garante de la vida humana; ojalá los empresarios disminuyan su sed de ganancia e inviertan en reducir riesgos para los consumidores, y ojalá los ciudadanos hagamos conciencia de que, con nuestras demandas frente a la negligencia de gobiernos y empresas, podemos obligarles a mirarnos con rostro más humano.











