La crisis global es más local que global. Por lo menos, esto es lo que se siente. Sus efectos han trastornado los planes de muchos, incluyendo empresas. Los consumidores, lamentablemente, pagan los platos rotos.
La inversión también suele salir perjudicada por dos razones: dinero caro e incertidumbre. Hay que entender que en un mundo cada vez más interconectado, la estabilidad de una economía no depende solo de sus políticas internas, sino de su capacidad para maniobrar frente a choques externos.
La actual crisis en Medio Oriente, marcada por la escalada del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, que al parecer apunta a durar más de lo que habían previsto sus iniciadores, ha dejado de ser una preocupación geopolítica lejana para convertirse en un desafío económico directo.
Ante este escenario, el plan del Gobierno para articular un frente común con los sectores productivos y los partidos políticos no solo es oportuno, sino indispensable. Podríamos afirmar que es una acción de responsabilidad de estatal.
Es justo reconocer que la administración ha entendido la magnitud del reto. Al convocar a los diversos actores de la vida nacional, se envía un mensaje de madurez política: las crisis de esta envergadura no se gestionan desde el aislamiento partidario, sino desde el consenso.
¿Y por qué no reconocerlo? La respuesta de los sectores productivos ha sido ejemplar, poniéndose a disposición del Gobierno para salvaguardar la estabilidad económica, en la cual han contribuido todos. Esta sinergia es el mejor activo que tenemos para enfrentar la incertidumbre.
Uno de los pilares de esta resistencia ha sido la labor del Banco Central. En un entorno global donde el costo de la vida ha asfixiado a las economías más robustas, el ente emisor ha logrado mantener la inflación bajo un control relativo, evitando una espiral de precios que afectaría desproporcionadamente a los más vulnerables. Este esfuerzo monetario ha caminado de la mano con la política de subsidios a los combustibles, una medida de alivio que ha servido como amortiguador crítico. El temor está en un aumento del déficit público.
Sin embargo, el panorama se vuelve más complejo. Los recientes aumentos de aproximadamente 15 pesos por galón en la gasolina y el gasoil en las últimas semanas son una señal de alerta sobre los límites de la capacidad fiscal. Aunque el subsidio sigue presente, estos ajustes reflejan la presión insostenible de los precios internacionales del crudo. Habrá que observar con cautela cómo estos incrementos impactan en la cadena de distribución y si la meta de inflación del Banco Central podrá sostenerse sin medidas adicionales de restricción.
Esta coyuntura debe servir como una lección profunda. Si bien la reacción ha sido efectiva, la crisis nos obliga a ser más precavidos y menos reactivos. La economía dominicana necesita profundizar su preparación ante eventualidades de esta naturaleza. Esto implica acelerar la transición hacia una matriz energética menos dependiente de los hidrocarburos y fortalecer la seguridad alimentaria. ¡Atentos!









