“La confianza, como el cristal, una vez rota, jamás vuelve a ser la misma”.- Publio Siro
En estos días estuve revisando los resultados de las inspecciones realizadas a estaciones de servicio de combustibles en el territorio nacional, un trabajo encabezado por el Viceministerio de Comercio Interno del MICM. Son resultados de período 2024-2025 hasta agosto y revelan incumplimientos en el octanaje de las gasolinas, pero también obligan a comprender que la calidad del combustible depende de una cadena técnica compleja y de un sistema institucional que debería operar con el más alto rigor técnico.
Cuando cualquiera de nosotros paga gasolina premium o regular, parte de la suposición elemental de que está comprando exactamente el combustible que la estación anuncia. Algo parecido ocurre con las etiquetas de los alimentos, los electrodomésticos y muchos otros productos que casi nunca leemos con atención: lo que estas consignan debe corresponder a lo que realmente se ofrece al público. En el primer caso, de esa expectativa dependen el rendimiento del vehículo, la protección del motor y la credibilidad de todo un mercado. En el segundo, podría estar comprometida incluso la salud de los consumidores o la seguridad de los usuarios.
Los datos más recientes sobre la calidad de los combustibles obligan a formular una pregunta incómoda, pero legítima. Si una de las variables de la calidad de la gasolina es el octanaje, ¿nos están vendiendo realmente lo que pagamos? Los resultados de la última inspección revelan que, en gasolina premium, de 1,033 estaciones evaluadas, 893 cumplieron con el estándar, 101 no cumplieron y 39 figuraron sin producto. En gasolina regular, sobre el mismo total, 952 cumplieron, 42 no y 39 estaban sin producto.
Los parámetros operativos aplicados fueron de 94.5 de octanaje o más para premium y de 88.5 o más para regular. No se trata, por tanto, de una percepción subjetiva, de una conjetura política ni de una alarma lanzada en las redes para ganar seguidores. El hecho es que existen desviaciones verificables en el mercado.
Ahora bien, ¿agota esto el análisis? Podría parecer que el octanaje es una consigna técnica vacía. La realidad es otra. El octanaje expresa la capacidad del combustible para resistir la detonación prematura dentro del motor, es decir, indica que tan bien soporta la compresión sin encenderse de forma descontrolada. Cuando ese parámetro cae por debajo de lo esperado, el combustible deja de corresponder plenamente a la categoría ofrecida y el consumidor no recibe exactamente la calidad por la cual pagó.
Conviene puntualizar, además, que el octanaje no mide directamente el rendimiento en kilómetros por litro o por galón, pues no es en sí mismo un indicador de mayor potencia ni de mayor ahorro. Sin embargo, sí puede afectar indirectamente el rendimiento cuando el vehículo requiere un octanaje más alto y se utiliza uno inferior, lo que puede traducirse en menor eficiencia, pérdida de potencia e incluso posibles daños a largo plazo.
Pero no debemos incurrir en una simplificación excesiva y afirmar que existe una relación mecánica entre incumplimiento y engaño directo. El documento técnico más reciente del MICM introduce un elemento que debe ser tomado en serio. La calidad del combustible depende de toda una cadena que incluye importación, recepción en terminales, almacenamiento, transporte terrestre y expendio final.
En cualquiera de esas etapas pueden intervenir variables como presión, temperatura, caudal, estado de las líneas y contaminación cruzada, capaces de modificar propiedades fisicoquímicas del producto, incluido el octanaje. Ahora bien, reconocer esa complejidad técnica no impide admitir otra posibilidad, igualmente real, que en determinados casos intervengan manos desaprensivas y se venda una cosa por otra.
Veamos otros aspectos interesantes en los próximos artículos.










