“La calidad nunca es un accidente; siempre es el resultado de una intención inteligente”. -John Ruskin
Muchas personas piensan, o parecen estar convencidas, de que hablar de calidad de los combustibles se reduce a repetir cifras, precios o categorías comerciales. Ignoran que este concepto, según una de las definiciones más escuetas y comprensibles, consiste en el cumplimiento de requisitos o en la conformidad con una norma o reglamento técnico aplicable.
Partiendo de esta definición, una gasolina o un diésel no son “buenos” o “malos” por simple percepción del consumidor o porque lo diga el proveedor, sino en función de parámetros técnicos definidos, métodos de ensayo reconocidos y requisitos verificables establecidos en normas, reglamentos o especificaciones contractuales.
Aceptada esa definición, podemos introducir mayor orden en el tema que nos ocupa. Lo primero es entender que la calidad de un combustible no se reduce, ni puede reducirse, a un solo indicador, aunque alguno resulte particularmente relevante. Ese es el caso del octanaje en las gasolinas, parámetro esencial porque mide la capacidad del combustible para resistir la detonación prematura dentro del motor.
Pero, en el caso de las gasolinas, también importan la volatilidad, la estabilidad, la composición, la presencia de contaminantes, el contenido de oxigenados, el agua, los sedimentos y otros parámetros establecidos en la norma correspondiente. En cuanto al diésel, adquieren especial relevancia el contenido de azufre, el índice de cetano, la densidad, el punto de inflamación, la lubricidad, la presencia de agua y sedimentos, así como la compatibilidad con tecnologías modernas de control de emisiones.
Visto desde esta perspectiva, la calidad tiene al menos tres dimensiones.
La primera es la calidad normativa, es decir, el cumplimiento de las especificaciones y de los métodos de ensayo establecidos en la norma vigente.
La segunda, de importancia crucial para todos nosotros, es la calidad verificada, que exige demostrar ese cumplimiento mediante muestreos, ensayos de laboratorio técnicamente confiables, certificados emitidos por entidades formalmente reconocidas en sus competencias, trazabilidad y, en general, organismos de evaluación de la conformidad técnicamente competentes.
La tercera es lo que podríamos llamar calidad suficiente, entendida como la correspondencia entre la norma nacional y las mejores prácticas internacionales, sobre todo cuando están en juego la salud pública, el ambiente y la modernización tecnológica.
Conviene recordar que las normas dominicanas se elaboran tomando en cuenta referentes regionales o internacionales y recogen especificaciones técnicas que, en principio, son de aplicación voluntaria, resultan del consenso, se apoyan en la experiencia y el desarrollo tecnológico, y son aprobadas por un organismo de normalización reconocido y accesible al público, que en nuestro caso es el Indocal.
Sin embargo, cuando esas normas son incorporadas a reglamentos técnicos o disposiciones obligatorias, dejan de operar como simples referencias voluntarias y pasan a formar parte del marco regulatorio exigible para proteger la seguridad, la salud, el ambiente y los derechos del consumidor.
La última dimensión es decisiva porque un combustible puede cumplir formalmente una norma nacional y, sin embargo, ser insuficiente frente a estándares internacionales más exigentes.
Cuando eso ocurre, el problema deja de ser solo de cumplimiento y pasa a ser de política pública.
No basta con preguntar si el producto cumple la norma; también hay que preguntarse si esa norma está actualizada, si protege adecuadamente al consumidor y si responde a las exigencias tecnológicas y ambientales del presente.
Igual, la calidad no puede asegurarse en un solo punto ya que es el resultado de una cadena que incluye compra internacional, importación, recepción en terminales, almacenamiento, transporte, distribución y expendio final.
En cualquiera de esos eslabones de la cadena logística, pueden producirse desviaciones capaces de afectar las propiedades del producto. Por eso conviene reiterar que la calidad no puede descansar únicamente en declaraciones del vendedor ni en inspecciones aisladas o muestreadas al final de la cadena -como las que realiza el MICM-, por importantes que estas sean.











