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Enfoque Guarocuya

Gestionar la exposición 7/8

Economía política, seguridad y conducción pública en La Española

Guarocuya FélixPorGuarocuya Félix
29 mayo, 2026
en Enfoque Guarocuya
Santo Domingo
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La divergencia entre Haití y la República Dominicana, tal como se ha argumentado a lo largo de esta serie, no constituye un episodio circunstancial ni una anomalía transitoria dentro del proceso de desarrollo de ambas economías. Es el resultado de trayectorias que han evolucionado de manera distinta durante décadas y que han producido una brecha persistente. Esa brecha no permanece contenida dentro de los límites de cada Estado. Se proyecta sobre el territorio compartido y se traduce en una interacción continua que, en esta serie, se ha definido como exposición dominicana.

Esta condición no puede ser eliminada mediante una decisión puntual. La geografía la fija, la historia la consolida y la dinámica económica la reproduce de manera constante. La cuestión relevante, por tanto, no es si esta exposición existe o si puede evitarse, sino cómo puede ser gestionada de forma consistente en el tiempo. En este punto, el análisis deja de ser únicamente descriptivo y se convierte en un problema de economía política, entendido como la articulación entre poder, instituciones y organización económica frente a restricciones persistentes.

Gestionar la exposición implica reconocer, en primer lugar, los límites del espacio de acción. La República Dominicana no controla la evolución interna de Haití. Tampoco puede aislarse completamente de sus efectos sin incurrir en costos económicos, sociales e institucionales significativos. Entre estos dos extremos —intervenir sin capacidad de decisión o intentar un aislamiento que la geografía no permite— se configura un campo de acción necesariamente condicionado. Ese campo no admite soluciones simples ni respuestas de corto plazo. Requiere continuidad en la lectura del problema y coherencia en la acción pública.

Ese espacio comienza con una condición previa que no depende del Estado dominicano, pero que determina el alcance de cualquier política posible: la existencia en Haití de una autoridad capaz de ejercer el monopolio de la violencia en su territorio. Esta condición no puede tratarse como un elemento secundario. Constituye la base mínima a partir de la cual puede existir un orden político funcional. Sin autoridad efectiva, no hay capacidad de hacer cumplir normas, no hay interlocución estable y no hay posibilidad de sostener acuerdos en el tiempo.

Desde la perspectiva de la economía política, esto no es únicamente un problema de seguridad. Es un problema de organización del poder que incide directamente sobre la posibilidad de coordinación económica y política. Sin una autoridad haitiana con capacidad efectiva, los intentos de cooperación bilateral, los esfuerzos internacionales y las políticas de gestión de la frontera operan en un entorno de alta incertidumbre. La ausencia de esa condición no elimina la interacción. La vuelve más difícil de ordenar.

En este contexto, iniciativas como el encuentro de expresidentes dominicanos pueden interpretarse como esfuerzos por construir consenso interno y proyectar una posición común. Sin embargo, su alcance es limitado si no se inscriben dentro de una línea de acción más amplia y sostenida. La construcción de señales políticas puede ser útil, pero no sustituye la necesidad de una arquitectura de gestión que articule los distintos planos del problema.

Reconocida esta restricción inicial, la gestión de la exposición dominicana debe entenderse como un sistema de niveles interdependientes. No se trata de un conjunto de medidas aisladas, sino de una estructura que debe sostenerse de manera simultánea.

El cuadro no debe leerse como una lista de soluciones, sino como una representación de la estructura del problema. El primer nivel —la condición previa en Haití— define el marco dentro del cual operan todos los demás. Sin una autoridad funcional del otro lado de la frontera, la coordinación se dispersa y los acuerdos pierden efectividad. Este elemento no puede ser resuelto unilateralmente por la República Dominicana, pero condiciona la eficacia de cualquier acción que esta pueda emprender.

El segundo nivel es territorial. Aquí la responsabilidad recae directamente sobre el Estado dominicano. La frontera no es solo un espacio de control; es también un espacio de organización. Registro poblacional, vigilancia efectiva, interoperabilidad institucional y provisión de servicios forman parte de una misma capacidad estatal. La ausencia de esa capacidad no elimina la interacción, pero la vuelve más costosa y menos previsible.

El tercer nivel es económico. La interacción entre ambas economías ya forma parte del funcionamiento habitual del mercado dominicano. Sectores como la agricultura, la construcción y ciertos servicios operan dentro de esta lógica desde hace años. La informalidad no reduce la presión derivada de la divergencia; la desplaza hacia formas menos visibles y menos eficientes. Ordenar estos mercados implica reconocer su existencia y organizarlos de manera coherente con el resto de la economía.

El cuarto nivel es diplomático. La República Dominicana necesita una posición internacional que no dependa de episodios específicos ni de reacciones de corto plazo. La crisis haitiana tiene una dimensión regional e internacional, pero la posición dominicana no puede definirse únicamente en función de iniciativas externas. Debe construirse como una línea sostenida en el tiempo, coherente en sus objetivos y articulada en distintos espacios multilaterales.

El quinto nivel es institucional interno. La gestión de la exposición no puede depender de cambios coyunturales en el ciclo político. Requiere continuidad. Esto no implica ausencia de debate ni uniformidad de posiciones, pero sí un grado mínimo de consistencia en los objetivos y en los instrumentos. La inestabilidad en la orientación de las políticas aumenta los costos de la exposición y reduce la capacidad de respuesta del Estado.

Estos niveles deben entenderse como parte de un mismo sistema. La debilidad en uno de ellos tiende a trasladar presión a los demás. Si la capacidad estatal haitiana es limitada, la presión se concentra en la frontera. Si la gestión territorial es insuficiente, la carga se desplaza hacia los mercados y los servicios. Si esos mercados permanecen desorganizados, el problema reaparece en el plano político. La gestión de la exposición no es, por tanto, un asunto sectorial. Es un problema sistémico.

En este punto, la dimensión de seguridad regional adquiere relevancia. La situación en Haití tiene implicaciones que trascienden la relación bilateral. Afecta la estabilidad del Caribe y genera preocupación en el entorno internacional. Sin embargo, el involucramiento externo, aunque importante, no sustituye la necesidad de una línea dominicana propia. Puede complementar, puede apoyar, pero no puede reemplazar la responsabilidad de definir una respuesta nacional frente a una condición persistente.

La discusión pública tiende a simplificar este problema en términos de opciones opuestas: apertura o restricción, integración o control. Sin embargo, la naturaleza de la exposición dominicana no permite este tipo de simplificaciones. La interacción entre ambas economías continuará existiendo. La cuestión es cómo organizarla de manera que sus costos sean manejables y no comprometan la estabilidad interna.

Esto exige una aproximación más precisa. Ni el aislamiento completo ni la apertura irrestricta constituyen respuestas viables. Ambos extremos ignoran la naturaleza del problema. La gestión de la exposición requiere un equilibrio dinámico entre control territorial, organización económica y capacidad institucional.

Ese equilibrio no es fijo. Debe adaptarse a la evolución de Haití, a los cambios en la economía dominicana y a la dinámica del entorno internacional. No es un diseño estático, sino un proceso continuo de ajuste dentro de un marco coherente.

La clave, en última instancia, está en la secuencia. Sin una autoridad haitiana capaz de ejercer control, la coordinación es limitada. Sin capacidad estatal dominicana en la frontera, la gestión territorial es incompleta. Sin organización de los mercados donde la interacción es más intensa, la presión se desplaza hacia la informalidad. Sin una política internacional coherente, las acciones pierden consistencia. Sin continuidad institucional interna, ninguna de estas dimensiones puede sostenerse en el tiempo.

Estos elementos no pueden abordarse de manera aislada. Forman parte de una misma estructura de gestión. La República Dominicana no puede eliminar su exposición, pero sí puede administrarla. Esa administración no depende de una sola medida ni de una decisión puntual. Depende de la capacidad de articular seguridad, economía e instituciones dentro de una línea sostenida en el tiempo.

La geografía define la relación. La economía le da forma. La política determina cómo se gestiona.

Guarocuya Félix

Guarocuya Félix

El autor es economista. Más de 30 años de experiencia en el sector público, privado y la academia. Doctor (c) en ciencias económicas por la Universidad de Barcelona.

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