Vivimos en la era del “hiperconsumismo”. Consumir ha pasado a ocupar un lugar central en la vida cotidiana. Al igual que la información, las tendencias e incluso las personas, todo parece tener una relevancia efímera, siendo rápidamente reemplazado por aquello que resulte más nuevo o interesante.
Los avances tecnológicos en las telecomunicaciones y el marketing han provocado que tanto la información como la publicidad lleguen de manera más rápida. Estamos en constante exposición a ellas y, con esto, a cada nuevo producto que sale al mercado.
Consumir productos ya es parte de la cultura e identidad del consumidor. Dejamos de consumir según nuestra identidad para consumir en busca de una identidad. El acto de consumir es, por lo tanto, una necesidad en sí mismo.
Por esta razón, no es de extrañar que al acto de consumir le acompañe la frecuente financiación por cuotas, que resulta ser la única forma en la que muchas personas pueden estar al día con las preferencias y los precios tan cambiantes del mercado. Desde una casa hasta un boleto para un concierto, adquirir préstamos es cada vez más común para cosas cotidianas.
En el pasado, los préstamos se tomaban para decisiones de gran peso, para obtener una vivienda, comprar un carro u organizar un evento como una boda. Todas estas son cosas que representan estabilidad. Ahora, cuando la percepción de estabilidad económica está ligada a tener el último modelo de x cosa, no es de extrañar que la financiación se haya expandido a tantos ámbitos.
Todo esto ha alterado las prioridades del consumidor. Algo que antes podría haberse considerado un lujo es ahora percibido como una necesidad, como los artículos de belleza, los artículos tecnológicos, la ropa y experiencias como viajes o conciertos.
A esto se le añade la mayor facilidad de acceso al crédito. En República Dominicana, el uso de las tarjetas de crédito ha ido en aumento durante los últimos años. Según la Superintendencia de Bancos, la cartera de tarjetas de crédito personales ha registrado un crecimiento sostenido desde 2022. Esto aumenta el riesgo de que el crédito sea utilizado de manera impulsiva o poco responsable.
Y es que el problema no es el crédito ni el acceso que tengamos a él. El problema aparece cuando el consumidor gasta sin pensar en la acumulación de la deuda, centrándose únicamente en el momento y dejándose llevar por las modas pasajeras.
El deseo de consumir es parte de nosotros, se encuentra en nuestra naturaleza y, por lo tanto, siempre querremos más. Se trata de aprender cuáles son nuestras verdaderas limitaciones y procurar que el crédito no sea aquello que nos dé alas hoy para hacernos estrellar mañana, sino el impulso que nos permita seguir creciendo.








