La reciente declaración de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) de que República Dominicana ha salido del llamado “Mapa del Hambre” constituye uno de los logros sociales más relevantes de las últimas décadas. Sin embargo, más allá del titular, conviene entender qué significa realmente alcanzar la condición de “Hambre Cero” y, sobre todo, qué desafíos implica conservarla.
Cuando se habla de Hambre Cero no se afirma que ningún ciudadano pase hambre ocasionalmente ni que hayan desaparecido por completo la pobreza o la desigualdad. El concepto responde a un estándar internacional vinculado al Objetivo de Desarrollo Sostenible número 2 de la ONU y se refiere a la capacidad de un país para garantizar que el hambre crónica deje de ser un problema estructural.
El principal indicador utilizado por la FAO es la prevalencia de la subalimentación, que mide el porcentaje de la población cuyo consumo habitual de alimentos resulta insuficiente para cubrir los requerimientos mínimos de energía necesarios para llevar una vida saludable y activa. De acuerdo con la metodología internacional, un país sale del Mapa del Hambre cuando este indicador se sitúa por debajo del 2.5% de la población, umbral considerado estadísticamente compatible con la erradicación del hambre como fenómeno estructural.
No obstante, la FAO complementa este indicador con otros relacionados con la seguridad alimentaria y la nutrición, la prevalencia de inseguridad alimentaria moderada o grave, el acceso económico a una dieta saludable, la desnutrición infantil, el retraso en el crecimiento, entre otras variables. En otras palabras, Hambre Cero no se limita a producir alimentos suficientes; implica que la población pueda acceder de manera permanente a ellos, con calidad nutricional y sin riesgo de exclusión.
Según el informe de la FAO sobre el estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (SOFI 2026), el país logró reducir la prevalencia de la subalimentación por debajo del umbral internacional del 2.5%, convirtiéndose en uno de los pocos países de América Latina y el Caribe en alcanzar ese nivel.
La FAO atribuyó este resultado a una combinación de crecimiento económico, fortalecimiento de la producción agropecuaria, políticas de protección social, mejoras en el poder adquisitivo de los hogares y un compromiso político sostenido con la seguridad alimentaria. Sin embargo, alcanzar la condición de Hambre Cero no significa que el desafío haya terminado.
Se trata de una conquista reversible. Un deterioro significativo de la economía, una crisis prolongada de inflación alimentaria, una reducción del empleo formal, el debilitamiento de los programas de protección social, eventos climáticos extremos que afecten la producción agrícola o interrupciones importantes en las cadenas de suministro podrían incrementar nuevamente la subalimentación y hacer que el país pierda este importante reconocimiento.
La principal enseñanza para República Dominicana es que Hambre Cero no debe verse como una meta alcanzada, sino como un compromiso permanente. Preservar este logro requerirá mantener el crecimiento económico, fortalecer la productividad agropecuaria, proteger el poder adquisitivo de los hogares y garantizar que nadie quede excluido del acceso a una alimentación suficiente y nutritiva.
En definitiva, el verdadero éxito no consiste únicamente en salir del Mapa del Hambre, sino en asegurar que el país nunca tenga que regresar a él.









