¡Ay, señor! El país entero rezando y con los ojos puestos en el Palacio, esperando el humo blanco para la Superintendencia de Bancos.
Que se sepa, la silla sigue vacía, y en los pasillos financieros el chisme quema: o es que nadie calza los zapatos del incumbente saliente (¡vaya paquete de rellenar!), o es que hay tanta gente con capacidad que el Presidente tiene un tapón de currículums y no sabe a cuál santo prenderle la vela.
¿Cuántas recomendaciones habrá recibido el jefe de Estado para esta posición tan delicada?
Menos mal que, entre tanto suspenso digno de telenovela, el sector financiero no se desborda. La suerte es que hemos madurado institucionalmente y las reglas del juego están más claras que el agua. Así que, mientras el jefe decide a quién soltarle ese “fuego de botija”, la banca sigue su rumbo, fuerte y sin despeinarse. ¡Que baje el santo pronto!

