La cotidianidad normaliza lo que repetimos cada día. El ruido, el desorden y la tensión dejan de ser excepcionales cuando se hacen rutina. A veces basta tomar distancia para volver a verlos.
Santo Domingo es un buen ejemplo. Bocinas, motocicletas disputando espacios, maniobras impredecibles, intersecciones bloqueadas, cruces peatonales poco respetados y la incertidumbre de no saber cuánto tiempo tomará llegar de un punto a otro.
Una movilidad deficiente reduce productividad, deteriora el bienestar y pone a prueba la capacidad institucional para hacer cumplir reglas básicas de convivencia. Cada minuto que añadimos a un trayecto “por si acaso” es tiempo que dejamos de trabajar, de descansar, estudiar, de cuidar, de vivir.
La congestión funciona como un impuesto invisible sobre el tiempo. En 2019, el BID estimaba para Santo Domingo 75 millones de horas perdidas al año por congestión y un costo de US$180 millones (0.67% del PIB de la ciudad).
A ello se suma una presión creciente sobre un espacio vial limitado. El Distrito Nacional y la provincia de Santo Domingo concentran alrededor de 45% del parque vehicular. Las motocicletas representan casi 58% del total y en 2025 aumentaron en más de 314,000 unidades, un 8.9% anual. Cumplen funciones de movilidad, empleo y distribución, pero su expansión exige organización, educación y fiscalización.
Santo Domingo no carece de diagnóstico. Desde 2019, cuenta con un Plan de Movilidad Urbana Sostenible orientado a ampliar e integrar el transporte público, gestionar mejor la demanda, fortalecer la movilidad peatonal y la gobernanza. La gran brecha está entre la ciudad planificada y la ciudad que vivimos.
Cerrar esa distancia requiere infraestructura, pero también un régimen de consecuencias creíble. De los RD$2,982.6 millones registrados por multas de tránsito en 2025, apenas 17.7% había sido pagado. Cuando incumplir una regla tiene pocas consecuencias, respetarla depende más de la voluntad individual que de la fortaleza institucional. El reciente cambio de autoridades en el Intrant abre una oportunidad para acelerar lo diseñado, coordinar mejor a las instituciones y medir resultados desde la experiencia ciudadana.
Tres prioridades deberían ordenar esa etapa: hacer difícil evadir las consecuencias de las infracciones; lograr que el transporte colectivo compita con el vehículo privado en tiempo, frecuencia y confiabilidad; y gestionar motocicletas, calles, estacionamientos y espacio peatonal bajo una lógica de mover personas, no solo vehículos.
La movilidad plantea preguntas: ¿Queremos asumir como inevitable desplazarnos entre ruido, tensión e incertidumbre? ¿O aspiramos a movernos con mayor orden, seguridad? El desarrollo también se mide en el tiempo y la calidad de vida que una ciudad devuelve a sus ciudadanos. Santo Domingo ya tiene una dirección trazada. El reto es convertirla en experiencia cotidiana.

