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Digital Nomad Weekly

Todos quieren el capital de la diáspora. ¿Quién se responsabiliza de convertirlo en inversión?

Jonathan Joel MentorPorJonathan Joel Mentor
3 septiembre, 2026
en Digital Nomad Weekly
Santo Domingo
Miguel Cohn, fundador de ProDiáspora, participa en una sesión de trabajo sobre vinculación e inversión de la diáspora.

Miguel Cohn, fundador de ProDiáspora, participa en una sesión de trabajo sobre vinculación e inversión de la diáspora.

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Imagine a un dominicano viviendo en Nueva York con US$100,000 listos para invertir en República Dominicana. Ya tiene una propiedad, envía dinero a su familia, conoce el país y quiere que su próxima inversión participe de manera más directa en su crecimiento.

¿A dónde va?

Puertas no faltan. Un banco puede abrirle una cuenta. Un desarrollador puede venderle un inmueble. Una casa de bolsa puede explicarle productos de inversión. Una institución pública puede hablarle de incentivos. Un empresario puede mostrarle una compañía.

Todos pueden recibir una parte de su interés. La pregunta difícil es quién asume la responsabilidad de llevar ese interés hasta una inversión completada.

Ese puede ser uno de los vacíos más importantes en la relación de República Dominicana con su diáspora. Durante años, el país se ha vuelto cada vez más sofisticado para atraer dinero de los dominicanos en el exterior. Medimos remesas, promovemos bienes raíces, desarrollamos productos financieros, organizamos foros de inversión y alentamos a empresas e instituciones a buscar clientes e inversionistas en Nueva York, Miami, Boston y Madrid.

Pero atraer interés y convertirlo son dos capacidades institucionales distintas.

Todos son dueños de una parte. Nadie es dueño del recorrido.

La pregunta antes de la inversión

Miguel Cohn encontró este problema repetidamente mientras dirigía la primera Sección de Comercio, Turismo e Inversiones del Consulado dominicano en Nueva York. Dominicanos se acercaban interesados en comprar propiedades, abrir cuentas, establecer negocios o invertir en el país.

Su primera pregunta muchas veces no era sobre retornos, impuestos o rendimientos.

Era más básica:

¿En quién puedo confiar?

Hoy, como fundador de ProDiáspora, Cohn describe un ecosistema en el que ya existen la mayoría de los actores necesarios. Los bancos atienden una parte del recorrido. Los desarrolladores otra. El Estado promueve inversión. El mercado de valores estructura instrumentos. Las empresas buscan capital. Las organizaciones comunitarias movilizan personas.

El problema está en el espacio entre ellos.

Como plantea Cohn, cada institución atiende una parte del proceso, pero nadie asume la responsabilidad del recorrido completo. Eso es más que una incomodidad. Es un cuello de botella económico.

Un inversionista no experimenta a República Dominicana como un organigrama. La experimenta como una secuencia de decisiones: quién es confiable, en qué puedo invertir, cómo comparo las opciones, puedo completar el proceso financiero a distancia, quién verifica la oportunidad, quién me ayuda a entender el riesgo y cómo cierro finalmente la transacción.

Cada traspaso innecesario crea otra oportunidad para que la confianza se convierta en cautela y la cautela en inacción.

Quizás República Dominicana tenga menos un problema de capital de la diáspora que un problema de conversión de la diáspora.

El problema es la conversión

Hace unos meses planteé que en República Dominicana no falta capital. Lo que falta es que se mueva con suficiente intención. La diáspora hace esa contradicción particularmente visible.

Los dominicanos en el exterior ya demuestran una confianza económica extraordinaria en el país. Envían miles de millones de dólares en remesas, adquieren propiedades, apoyan negocios, mantienen depósitos y participan económicamente mucho antes de que las políticas públicas le pongan nombres sofisticados a ese comportamiento.

La pregunta más difícil es qué ocurre después de la transacción conocida.

¿Puede un dominicano en el exterior pasar de bienes raíces a empresas productivas, de depósitos a mercados de capitales, de remesas a inversión o de la confianza emocional en el país a participar en infraestructura, innovación y negocios exportables?

¿Y puede hacerlo sin tener que armar personalmente toda la maquinaria?

Ya sabemos que la diáspora está dispuesta a participar. La próxima frontera es convertir esa disposición en inversión.

Cohn señala la Estrategia de Financiamiento para el Desarrollo, desarrollada dentro del Marco Nacional Integrado de Financiamiento, como evidencia de que el financiamiento de la diáspora ya está entrando en la conversación nacional sobre desarrollo.

Esa agenda reconoce varios de los problemas correctos: inclusión financiera, el papel económico de las remesas, productos financieros especializados, mecanismos de coinversión e incluso la posibilidad de una emisión piloto de bonos de la diáspora.

Pero una estrategia nacional no se convierte en capital productivo porque exista en un documento. Un producto financiero no se convierte en una ruta de capital porque alguien lo lance. Un bono de la diáspora puede estar bien estructurado y aun así fallar si el inversionista no puede atravesar con confianza las instituciones que lo rodean.

El problema no es solamente el instrumento.

Es la infraestructura de conversión alrededor del instrumento.

La prueba de conversión de la diáspora

Antes de anunciar otro producto, plataforma, cumbre o iniciativa dirigida a la diáspora, hay una prueba más simple que vale la pena hacer.

Tomemos a un dominicano real en el exterior con capital disponible y preguntemos si el sistema puede moverlo a través de tres puertas.

Confianza. ¿Puede identificar instituciones, oportunidades y contrapartes creíbles sin depender principalmente de relaciones personales, recomendaciones familiares o ensayo y error?

Ruta. ¿Existe un camino claro que conecte acceso financiero, selección de oportunidades, verificación, cumplimiento y las instituciones necesarias para completar la inversión?

Transacción. ¿El recorrido termina en una inversión productiva real y medible?

Confianza → Ruta → Transacción.

Si una de esas puertas falla, todavía no tenemos un mecanismo completo de inversión para la diáspora.

Tenemos componentes.

Y esa diferencia importa porque ninguna institución individual puede sustituir al sistema que las conecta. Un banco puede superar la prueba de confianza y no tener una ruta hacia empresas productivas. Una institución pública puede identificar oportunidades y no controlar la transacción financiera. Una plataforma de inversión puede tener productos, pero no un mecanismo confiable para acompañar al inversionista desde el inicio. Una empresa puede necesitar capital y no estar lista para recibirlo.

El problema no es necesariamente que esas instituciones estén fallando por separado.

El problema puede ser que nadie sea dueño de los traspasos entre ellas.

¿Quién es dueño del recorrido?

Eso es lo que hace interesante el rol emergente de ProDiáspora.

Cohn no plantea que su organización deba sustituir a bancos, reguladores, empresas, universidades, actores del mercado de valores o al Estado. Su apuesta es otra.

ProDiáspora podría convertirse en un punto de convergencia entre ellos, ayudando a organizar la conversación, identificar barreras, conectar a las personas con actores creíbles y fortalecer el recorrido entre el interés de la diáspora y una transacción real.

Si ProDiáspora termina ocupando ese rol, compartiéndolo con otros o ayudando a catalizar un mecanismo institucional más amplio, todavía está por verse. Pero el vacío que intenta ocupar sí existe.

Cohn propone comenzar con algo deliberadamente más pequeño que otro gran anuncio nacional: un piloto medible. Identificar oportunidades productivas creíbles, preparar a las empresas receptoras de capital, seleccionar un primer grupo de inversionistas de la diáspora, seguir las transacciones de principio a fin y medir lo que realmente ocurrió.

Ese instinto importa porque antes de construir una autopista nacional para el capital de la diáspora, conviene averiguar exactamente dónde se detienen los primeros diez vehículos.

La lección, además, va más allá de ProDiáspora.

Cualquier institución que se tome en serio el capital de la diáspora debería poder responder una pregunta engañosamente sencilla:

¿Qué pasa después de que el inversionista dice que sí?

¿Quién recibe a esa persona? ¿Quién determina su perfil? ¿Quién presenta oportunidades creíbles? ¿Quién las valida? ¿Quién controla el proceso financiero? ¿Quién gestiona los traspasos? ¿Quién sabe si el inversionista desapareció a mitad del proceso?

¿Y quién responde por el hecho de que la transacción realmente ocurra?

Si necesitamos convocar una reunión de comité solo para identificar esas respuestas, ya encontramos el problema.

Medir dónde muere el dinero

La próxima generación de política pública sobre la diáspora debería ser mucho más transaccional.

Medir cuántos inversionistas entran al sistema, cuántos llegan a una oportunidad verificada, cuántos completan diligencia, cuántos completan el proceso financiero y cuánto capital productivo termina realmente desplegado.

Y quizás lo más importante:

medir dónde mueren las transacciones.

Ese número puede ser más útil que otra estimación sobre el interés de la diáspora, porque una vez sabemos dónde se detiene la conversión, el problema institucional se vuelve visible.

Quizás la falla esté en la confianza. Quizás en el onboarding remoto. Quizás las empresas no estén listas para recibir inversión. Quizás los productos financieros no respondan a la demanda del inversionista. Quizás nadie sea dueño de los traspasos.

Quizás cinco instituciones hagan correctamente su trabajo y aun así la transacción muera entre ellas.
Por eso la unidad de análisis ya no debería ser la institución individual.

Debería ser el recorrido.

Durante años, República Dominicana ha medido su relación con la diáspora a través de remesas, visitas, compras de propiedades, conferencias, depósitos y expresiones de afecto por el país. Esos indicadores importan.

Pero la próxima etapa exige algo más difícil:

Transacciones.

No cuántos dominicanos quieren participar. No cuántas instituciones consideran estratégica a la diáspora. No cuántos foros organizamos.

Cuánto capital productivo puede moverse desde una primera expresión de confianza hasta una inversión completada y verificable.

La República Dominicana ya posee algo que muchos países tardarían décadas en construir: millones de personas en el exterior con vínculos emocionales profundos, participación económica, redes profesionales y una disposición demostrada a colocar dinero en el país.

El activo escaso no es el afecto.

Quizás ni siquiera sea el capital.

Es la infraestructura de conversión.

Así que antes de pedirle más dinero a la diáspora, quizás deberíamos someter al sistema a una prueba más exigente.

Si mañana un dominicano en Nueva York levanta la mano con US$100,000 y dice: “Estoy listo para invertir”, ¿puede el país llevarlo con confianza desde esa frase hasta una inversión productiva completada?

Si la respuesta no está clara, ya encontramos el trabajo.

Archivado en: Diáspora
Jonathan Joel Mentor

Jonathan Joel Mentor

Jonathan Joel Mentor es el CEO de Successment y arquitecto del Digital Nomad Summit™️, donde escala startups y desafía a las instituciones a evolucionar. Nombrado al UN World Summit Award y ganador del Premio Nacional a la Excelencia en Exportación de Adoexpo. www.Jonathanmentor.co | digitalnomadsummit.co

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