Hacer política monetaria es una tarea compleja. Se vuelve más retadora cuando se trata de economías con vulnerabilidades estructurales, como sucede con República Dominicana. La inflación, en nuestro caso, no parece ser un fenómeno sólo monetario, como bien dijera Milton Friedman en la década de los 60. Lo que sucedió más adelante, en los 70, demostró que hay otras variables que inciden en la inflación: la incertidumbre y las acciones humanas son dos de ellas.
La crisis petrolera de esa época, a propósito del bloqueo de los países árabes tras la guerra del Yom kipur, librada entre Israel y una coalición liderada por Egipto y Siria, coincidiendo temporalmente con el conflicto de Vietnam, quizá puso sobre la mesa que, además del efecto que pueda tener que haya más dinero en circulación del que demande una economía, hay factores ajenos a la teoría económica que inciden.
Los llamados “cisnes negros” siempre aparecen. Para nadie es un secreto que hoy el mercado puede reaccionar a un simple comentario interesado de algún magnate que necesite “remenear” la oferta y la demanda de manera ficticia, provocando un aumento de los pedidos a futuro de determinados bienes (materias primas), inyectando la incertidumbre necesaria para lograr sus objetivos.
Interrumpir la cadena logística o de suministros, especialmente cuando se cierran vías que son fundamentales para el comercio, también provoca aumento de precios.
En países como República Dominicana debemos ver estos hechos como variables que nos afectan directamente. No es noticia que dependemos de la importación de petróleo y derivados para suplir la mayor parte de nuestra energía.Sí y sólo sí sabemos que, independientemente de nuestra política monetaria, habrá aumento de precios. Por eso existe la inflación subyacente, la que se deriva de sacar de la ecuación los bienes no transables en la economía o más volátiles: petróleo, electricidad y los alimentos no elaborados.
Por vía de consecuencia, el aumento o no dinero en poder del público, por cualquiera de las vías, especialmente cuando el Gobierno trata de financiar su déficit y gasta por encima de sus posibilidades, no siempre es la única causa. Un fenómeno natural que arrase con una plantación de plátano también puede afectar la oferta de ese producto, provocando subida en los precios. Lo mismo sucede cuando las gallinas ponen menos huevos, ya sea por un problema de enfermedades o por decisión de los avicultores.
Ahora bien, la inflación anualizada en nuestro país cerró agosto en 5.13%, es decir, por encima del límite superior del rango meta. Como se ve, nuestra economía resulta costosa, principalmente para los sectores cuyos ingresos no son indexados.
Aquí hay un tema que compete a todos: la calidad de vida de las personas es la que podría ser afectada. Mientras más costoso se vuelve suplir las necesidades básicas de una familia, mayor es el deterioro y el se alarga el camino hacia el bienestar humano.








