Seis años después de ser diagnosticada con cáncer, la artista Vilma Cabrera volvió a abrir el archivo fotográfico que había construido durante su enfermedad. Lo que comenzó como una documentación personal terminó convertido en “El poder silencioso de la gracia”, una de las obras de la exposición “Cuerpos en Tránsito”.
El diagnóstico llegó en diciembre de 2019, poco antes de que la pandemia cerrara el país. Cabrera pasó dos años en tratamiento: el primero entre quimioterapia y otros procedimientos, y el segundo con un tratamiento oral que se extendió durante ocho meses. Durante ese período tomó fotografías para conservar el registro y compartirlo con familiares y amigos que no podían visitarla.

Después del tratamiento, sin embargo, no volvió a mirar esas imágenes durante años. “Me dolía”, cuenta. Incluso había materiales médicos que nunca había observado. Cuando finalmente retomó el archivo, las primeras imágenes provocaron llanto, pero luego comenzó a trabajar con ellas desde otra perspectiva.
La transformación del material también implicó separar la enfermedad de su identidad. Cabrera comenzó a combinar fotografías, objetos y textiles hasta construir una obra que, según explica, surgió “desde la sanidad, desde la transformación”. La memoria dejó de ser únicamente un registro de lo ocurrido y pasó a convertirse en materia para crear.
Entre los objetos utilizados aparecen varios sostenes que formaban parte de su ropa íntima y que dejó de utilizar después de los cambios experimentados por su cuerpo. Sobre ellos incorporó bordados con hilo rojo. La artista también utilizó ramas secas, alfileres y otros materiales para representar efectos físicos y emocionales que permanecen después del tratamiento.
Las ramas secas, por ejemplo, representan para Cabrera una sensación de fragilidad interna. Una de las piezas está construida sobre una rama de palmera que encontró en la calle y que intervino con aplicadores de estrógeno utilizados para tratar una de las consecuencias que experimentó después de la enfermedad. El objeto cotidiano adquirió así un significado vinculado a los cambios que atravesó su cuerpo.
El cáncer también modificó aspectos de su vida que no siempre aparecen en las representaciones de la enfermedad. Cabrera relata un aumento abrupto de peso, cambios hormonales, resequedad, alteraciones del estado de ánimo, dificultad para concentrarse y tinnitus, que es como un zumbido en los oídos sin que exista una fuente sonora externa. La ansiedad se convirtió además en una sensación recurrente ante cada estudio médico.
“Ya uno queda muy frágil, tanto por dentro como por fuera”, afirma. Con el paso del tiempo, explica, se recupera parte de la fortaleza exterior y se retoma la rutina, pero la experiencia deja una incertidumbre que permanece ante cada revisión médica.
Esa experiencia también tuvo una dimensión económica. Cabrera sostiene que el cáncer es una enfermedad costosa y considera que el Estado debe asumir un papel mayor en el acompañamiento de las personas diagnosticadas. Durante su tratamiento contó con familiares, amistades y contactos que le ayudaron a conseguir medicamentos, una red que, reconoce, no está disponible para todos.
“Yo soy una aguja en un pajar”, dice al referirse a su situación. Por eso evita convertir su experiencia en un estándar. Parte de los medicamentos que no utilizó los entregó a otras personas y también compartió con pacientes los aprendizajes adquiridos durante su propio proceso. Para Cabrera, esa posibilidad de ayudar a otros evidencia una carencia que debería ser cubierta por el Estado.
La obra también funciona como un reconocimiento a quienes estuvieron cerca durante la enfermedad. Una de las piezas reúne simbólicamente a las personas que la acompañaron, desde familiares y amigas hasta sus oncólogas. Para la artista, el apoyo no se limita a recursos materiales: también puede expresarse en una llamada, un mensaje, una oración o simplemente estar presente.
En ese acompañamiento encuentra una parte de la sanación. Cabrera sostiene que una enfermedad como el cáncer no afecta únicamente a quien recibe el diagnóstico, sino también a su entorno. Por eso, “El poder silencioso de la gracia” no busca presentar el cáncer únicamente como una experiencia catastrófica, sino mostrar las relaciones, la solidaridad y las posibilidades de reconstrucción que también aparecen durante el proceso.
La artista resume esa mirada en una idea que atraviesa su obra: después del diagnóstico, la vida no necesariamente termina. Puede cambiar, puede dejar marcas y puede obligar a reconstruir muchas cosas, pero también puede abrir nuevas formas de acompañar y de entender a quienes atraviesan una enfermedad. Para Cabrera, convertir su experiencia en arte fue también una manera de agradecer a quienes estuvieron presentes.












