Los hechos de violencia que se han registrado en Europa, especialmente en Francia, son el reflejo del agotamiento de un modelo de democracia que hoy enfrenta las consecuencias de su pasado.
Son países que tuvieron graves problemas con la migración proveniente de naciones que durante siglos consideraron de su propiedad. Se preocuparon por saquear sus riquezas sin impulsar su desarrollo socioeconómico ni reconocer a sus habitantes como dueños de sus propios recursos. Hoy, esa migración les está pasando factura.
Ya no es una dominación a base del crimen y la violencia directa, como en la época colonial. Hoy la dominación es más sutil, pero sigue siendo dominación. Y esa tensión acumulada se traduce en disturbios que no solo generan inestabilidad social, sino también importantes pérdidas económicas.
Pérdidas que afectan directamente al sector asegurador.
Por un lado, la violencia en las calles destruye propiedades, comercios y vehículos. Por otro, se suman los daños materiales cada vez más severos que provocan las tormentas y los fenómenos climáticos extremos, como los que estamos viendo en la propia España. Es un doble golpe para aseguradores y reaseguradores.
Nuestros países deben mirarse en ese espejo de España y de Europa. A los riesgos sociales se suman los geopolíticos: la guerra en Ucrania, la inestabilidad en el Golfo Pérsico y otros conflictos que encarecen los combustibles y agravan la situación de todas las economías, sobre todo de aquellas que, como República Dominicana, no producen petróleo.
Como bien plantea el sociólogo Zygmunt Bauman en su libro -Modernidad Líquida-, vivimos tiempos donde la población exige soluciones cada vez más rápidas a problemas cada vez más complejos.
Por eso los países deben anticiparse. No esperar a que los disturbios lleguen a sus calles, sino ser proactivos en la creación de políticas públicas y en una distribución más equilibrada y justa del presupuesto nacional.
Y aquí es donde el seguro adquiere un papel protagónico. Cuando el tejido social se tensiona, cuando la violencia daña el patrimonio y cuando el clima golpea con fuerza, el seguro deja de ser un simple contrato para convertirse en un verdadero amortiguador social y económico.
Los aseguradores y reaseguradores no solo indemnizan pérdidas: sostienen la recuperación de comunidades enteras, protegen el patrimonio de familias y empresas, y permiten que la economía siga funcionando cuando todo parece desmoronarse.
Pero el seguro no puede ser el único dique de contención. La prevención, la educación en gestión de riesgos y una cultura de aseguramiento impulsada desde el Estado y desde la ciudadanía son indispensables para que el impacto de estos fenómenos no se convierta en una catástrofe irreversible.
El espejo europeo nos muestra que ningún país está exento. La diferencia estará en la anticipación. Quien se prepare con políticas públicas sólidas, presupuestos equilibrados y una industria aseguradora fortalecida, resistirá mejor los embates.
El seguro, bien entendido, no es un gasto. Es una herramienta de estabilidad social y de desarrollo. Y en tiempos de modernidad líquida, donde todo cambia a velocidad vertiginosa, contar con una protección adecuada es quizás la forma más concreta de darle seguridad y continuidad al desarrollo.







