Las pérdidas de energía eléctrica siguen siendo uno de los problemas más persistentes de República Dominicana. Durante décadas se han destinado importantes recursos a modernizar las redes, instalar sistemas de medición y mejorar la gestión comercial de las empresas distribuidoras de electricidad (EDE).
Pese a estos esfuerzos, Edenorte, Edesur y EdeEste mantienen pérdidas extraordinariamente elevadas, muy superiores a las registradas por las distribuidoras más eficientes de América Latina. ¿Por qué tantas inversiones y programas no han conseguido producir mejoras duraderas?
En un artículo publicado el 15 de octubre en elDinero, el periodista Esteban Delgado examinó el elevado costo económico de esta situación, destacando las dificultades para recuperar ingresos y las cuantiosas transferencias del Estado.
Su análisis permite dimensionar las consecuencias financieras del problema y plantea una pregunta complementaria: ¿qué está fallando en la gestión de estas empresas para que los recursos invertidos no produzcan los resultados esperados?
Problema más allá de cifras
En 2025, las pérdidas de energía alcanzaron el 28.14% en Edenorte, el 33.51% en Edesur y el 58.72% en EdeEste, con un resultado conjunto del 41.01%. Aunque existen diferencias entre ellas, ninguna se aproxima a los niveles de eficiencia de las distribuidoras latinoamericanas más destacadas. Lo importante, por tanto, no es establecer cuál pierde más o menos, sino comprender por qué las tres continúan tan alejadas de resultados aceptables.
Los datos de enero a julio de 2026 muestran la persistencia del problema. Durante ese período, las distribuidoras compraron 12,072.1 gigavalios/hora (GWh) de energía y facturaron 7,257.2 GWh, lo que representa pérdidas del 39.9%.
A esto se suman las dificultades de cobranza: el índice de recuperación de efectivo (CRI) se situó alrededor del 56%. Como explicó Delgado, esto significa que aproximadamente el 44% de la energía adquirida no se traduce en cobros. Ambos indicadores muestran dimensiones distintas de un mismo desafío. Las elevadas pérdidas también plantean interrogantes sobre cómo las EDE aprovechan sus recursos humanos y organizan el trabajo.
Los siguientes indicadores relacionan el personal con los contratos atendidos y la energía perdida. Estos datos no indican que el personal sea responsable de las pérdidas ni permiten juzgar, por sí solos, la eficiencia de las empresas. Más bien, invitan a examinar cómo se distribuyen las responsabilidades y se coordinan las tareas para enfrentar el problema.
Esta inquietud cobra importancia al observar que entre el 56.5% y el 63.1% de las unidades organizacionales corresponden a funciones de apoyo, frente a un 5.6%–8.2% dedicadas específicamente a gestionar las pérdidas. Estas proporciones no representan empleados ni gastos, pero justifican revisar si la organización del trabajo responde adecuadamente a las prioridades del sector.
De inversiones a resultados
Reducir las pérdidas exige que las áreas técnicas, comerciales y financieras trabajen coordinadamente.
Cuando se detecta una conexión irregular, no basta con inspeccionarla y corregirla. También es necesario asegurar una medición confiable, facturar y cobrar el consumo, además de verificar que la irregularidad no reaparezca. Sin seguimiento, una intervención puede perder efectividad y obligar a repetir esfuerzos.
Por eso, el éxito no debería medirse únicamente por la cantidad de medidores instalados o inspecciones realizadas, sino por la energía y los ingresos recuperados y, especialmente, por la permanencia de esas mejoras.
Las distribuidoras disponen de información sobre sus redes y usuarios que podría aprovecharse mejor. Al combinar datos de circuitos, transformadores, medidores, contratos y cobranzas, sería posible identificar zonas críticas y priorizar intervenciones con mayores posibilidades de recuperación.
Las herramientas digitales y la inteligencia artificial pueden contribuir a este propósito, siempre que estén acompañadas de decisiones oportunas, coordinación y comprobación de resultados.
También es necesario revisar cómo se asignan las responsabilidades y se supervisan las metas. Cada inversión debería evaluarse por la energía recuperada, los ingresos adicionales, sus costos y la duración de las mejoras.
Igualmente, deben fortalecerse los controles sobre empleados y contratistas en actividades expuestas a irregularidades. No se trata necesariamente de crear más departamentos, sino de conseguir que los existentes trabajen con objetivos comunes.
La trayectoria de las distribuidoras aporta otra perspectiva. Desde en proceso de capitalización de las empresas estatales del sector eléctrico a partir del año 1999 con la Ley 141-97, han experimentado distintas modalidades de gestión: administración privada por empresas multinacionales participantes en ese proceso y, posteriormente, dirección pública a cargo tanto de ejecutivos extranjeros contratados por el Gobierno como de funcionarios dominicanos. Pese a estos cambios, las pérdidas han permanecido elevadas.
Esta persistencia invita a examinar problemas que trascienden la procedencia de quienes dirigen las empresas. Cada nueva administración debería aprovechar lo aprendido, mantener las iniciativas efectivas y corregir las que no funcionan.
Determinar por qué estas dificultades se repiten bajo diferentes formas de gestión requiere profundizar en el estudio de su funcionamiento interno.
Impacto en la economía
Una reducción sostenida de las pérdidas permitiría mejorar los ingresos de las distribuidoras y disminuir su dependencia de las transferencias estatales. Esto podría liberar recursos públicos para otras prioridades nacionales y facilitar mejoras en las redes, con un servicio más confiable para los hogares y las actividades productivas.
También podrían crearse condiciones para tarifas eléctricas más favorables para los hogares y las empresas. Sin embargo, ese beneficio no sería automático: dependería de los costos evitados, las inversiones necesarias, los subsidios y las decisiones regulatorias. Determinar su posible alcance exigiría un análisis económico sustentado en datos verificables.
La solución, en definitiva, no depende solamente de invertir más, sino de aprovechar mejor los recursos disponibles y asegurar que las mejoras perduren. El verdadero éxito deberá reflejarse en pérdidas cada vez menores, mayores ingresos recuperados, así como beneficios concretos para los hogares, las empresas y la economía.








