Vivimos en una sociedad con una flexibilidad moral envidiable: nos arrodillamos con devoción olímpica ante el dinero y el poder político de turno, mientras juramos que lo material no importa.
Suena simple, pero no lo es. Aplaudimos el éxito de vitrina y las alianzas de conveniencia, olvidando el pequeño detalle de que el tiempo es un casanova cruel: llega sin avisar, dura un suspiro y se larga al pasado sin boleto de regreso.
Es una comedia absurda. Desgastamos la vida persiguiendo lo efímero, como si los billetes sirvieran de pasaporte a la eternidad o las influencias compraran un minuto más de aire.
Al final del día, cuando el telón de la coyuntura se cae y las billeteras no tienen a quién impresionar, la realidad nos da una bofetada: lo único que verdaderamente queda, el único valor que no cotiza en bolsa ni se devalúa, es el ser humano. Todo lo demás es puro decorado.




