El desempeño económico de República Dominicana durante este 2026 se destaca como un modelo de resiliencia en una región golpeada por la incertidumbre.
La reciente valoración del Fondo Monetario Internacional (FMI) subraya un logro extraordinario: un crecimiento acumulado del 4.5% entre enero y septiembre de 2026, acompañado de una notable estabilidad en la inflación.
Estos resultados, obtenidos en medio de un contexto global volátil marcado por conflictos geopolíticos y presiones externas, confirman la solidez macroeconómica de la nación y la efectividad de su Plan Anticrisis. Sin embargo, detrás de estas cifras alentadoras se esconden riesgos latentes que exigen una gestión prudente, pero también una audaz visión de futuro.
Como bien señaló el ministro de Hacienda y Economía, Magín Díaz, las condiciones actuales son profundamente retadoras. El país navega en un entorno de altas tasas de interés internacionales, un giro en la política arancelaria de Estados Unidos, nuestro principal socio comercial, y una constante presión al alza en los precios de los derivados del petróleo.
Sin duda, estos factores amenazan la sostenibilidad fiscal y el ritmo de crecimiento si no se manejan con precisión quirúrgica. El esfuerzo fiscal ha sido enorme y eso no debería entrar en discusión.
No obstante, el verdadero valor del liderazgo económico en momentos de turbulencia no radica únicamente en contener los daños, sino en transformar la adversidad en una ventaja estratégica.
La coyuntura actual brinda una oportunidad histórica y postergada: desmontar gradualmente los subsidios generalizados, los cuales suelen ser regresivos e ineficientes, y avanzar con firmeza hacia la focalización directa del gasto público en favor de los grupos más vulnerables.
Esta reforma no solo aliviará las arcas del Estado, sino que garantizará una redistribución de la riqueza mucho más justa y equitativa. La crisis, por tanto, no debe transformarse en una excusa para el estancamiento, ni debe desviar al país de sus metas estructurales a largo plazo. Debe servir para tomar decisiones responsables.
En todo caso, debe acelerarlas. El camino hacia el desarrollo sostenible exige concentrar esfuerzos en el aumento de la productividad nacional y en la agilización de la permisología para atraer nuevas inversiones. La crisis, por lo tanto, debería verse como una oportunidad.








