[dropcap]L[/dropcap]os acontecimientos que vive República Dominicana desde diciembre del año pasado a la fecha y los que están por venir a propósito del caso Odebrecht tienen efectos que van más allá de escándalos por sobornos, sometimientos a la Justicia y apresamientos, parcialmente selectivos, de importantes y no tan importantes figuras del ámbito político y empresarial.
La realidad le ha dado de frente no solo al Gobierno y al Partido de la Liberación Dominicana (PLD), sino también a una parte importante de la clase política, pues aparentemente la corrupción no ha escapado a dirigentes de partidos de la oposición.
Asimismo, se percibe una especie de silencio cómplice de determinados estamentos del sector privado, pues no es un secreto que no es posible fomentar la corrupción en el Gobierno sin la participación de representantes del ámbito empresarial. No es que estemos generalizando, lo que pasa es que no se hace corrupción de Estado a Estado, sino de Estado a sector privado y a la inversa.
Pero el mayor efecto es sobre la clase política, que ahora vive una especie de descrédito que no solo toca a los grandes partidos, sino también a los pequeños.
Aunque no se puede decir que el sistema de partidos esté totalmente desacreditado, porque los dominicanos siguen apostando a votar por los candidatos de organizaciones reconocidas y no a aventurar con figuras que pudieran surgir de la nada.
La pregunta es: ¿cuánto tiempo durará el predominio del sistema de partidos en la preferencia del electorado? Si bien no ha finalizado, es seguro que este es un momento delicado que ha puesto a pensar a los principales líderes del país.
Sin embargo, de sobornos, comisiones, sobrevaluaciones y otras maniobras entre Gobierno y sector privado se han despertado preocupaciones también en esa clase empresarial que antes lidiaba con políticos que “macuteaban” y ahora están sufriendo la práctica de una parte de la clase política que compite con ellos en cuanto a la acumulación de fortunas.
Lo que ocurría en décadas pasadas era que los políticos en el Gobierno buscaban la forma de sacarle provecho a la relación del Estado con los empresarios mediante la adquisición de comisiones. Era prácticamente normal. Pero los empresarios no se sentían a disgusto porque era una relación de un sector y otro que se necesitaban mutuamente y se sacaba provecho en esa mutual. Los empresarios no se involucraban directamente en política, porque los políticos no se convertían en empresarios.
Ahora es distinto. En los últimos años una gran parte del sector empresarial ha visto con frustración la forma en que una parte de los políticos en el Gobierno ha pasado de reclamar comisiones a exigir participación accionaria en determinadas iniciativas de negocios. Incluso, muchos han llegado al extremo de enterarse de las ideas de negocios de algunos empresarios cuando van a solicitar permisos o autorizaciones del Estado, se los niegan y luego emprenden esos negocios para ganar dinero, con la ventaja de que por estar en el propio Estado alcanzan los requisitos con más facilidad.
¿El resultado? Muchos políticos hoy son especies de empresarios que en pocos años han acumulado fortunas que superan los patrimonios de determinados empresarios que han tardado cientos de años de generación en generación para acumularlas con arduo trabajo.
He ahí la preocupación empresarial y una de las razones por las que se nota un clamor porque se haga justicia como forma de contener esta práctica aparentemente indetenible de políticos que se han convertido en empresarios improvisados que compiten con los empresarios tradicionales.
Los de mayor edad que lean esta columna seguro estarán recordando a políticos como Joaquín Balaguer, que se hizo rodear, incluso, de colaboradores que acumularon fortunas, pero lo hicieron como políticos. No compitieron con los empresarios, por lo que era una imperfecta democracia que no afectaba tan directamente los intereses de la clase económica tradicional.
Ahora es diferente. Una buena parte del sector empresarial se siente afectada por la transformación que ha surgido en el segmento político que se ha convertido en su competidor. Esa es una situación que se torna insostenible en el tiempo y los políticos que no están en eso, que son políticos de verdad y no acumuladores de fortuna, lo saben y posiblemente les preocupa.











