[dropcap]A[/dropcap]l parecer, todo está consumido y consumado, por lo menos en el corto plazo. Así lo indican las medidas de coerción que han sido impuestas a los acusados de sobornos por la Procuraduría General de la República. Sin embargo, muchas dudas se tejen en el imaginario de algunos ciudadanos quienes, incrédulos de oficio por lo histórico del engaño sistémico, aún no están satisfechos pues no ven suficiente sangre en la escena del crimen. Otros, no obstante, aplauden y se frotan las manos pues estaban deseosos de pan y circo, aunque se le está dando más de lo segundo que de lo primero.
De su lado, el morbo inunda las redes sociales, sobre todo con el alimento que le dan las idioteces de algunos de los imputados, los cuales aún no entienden que cualquier cosa que digan puede ser utilizada en su contra, durante un juicio oral, público y contradictorio. Los programeros, por su parte, tanto los sobornados como aquellos que están ansiosos de serlo, muestran el refajo de su precio y/o de su ignorancia, pues hablan todas las pendejadas que los dueños de los medios de comunicación les permiten, sin sopesar que a través de esto realizan un flaco servicio a una sociedad en decadencia.
El Ministerio Público, aparentemente satisfecho con la decisión del juez, dice apostar a que se detenga la impunidad, y a que se dé un ejemplo para que la corrupción, aquella que se detiene en la puerta de algunos “despachos”, no continúe erosionando el erario ni alimentando el déficit fiscal, entre otras funestas consecuencias.
El Gobierno, en una actitud válida para algunos y criticada por otros, hace mutis frente al proceso, pues no quiere entorpecer ni las investigaciones ni el debido proceso, aunque muchos dudan de la inocentada.
El muerto, es decir, el sistema de partidos, se asombra de que lo estén velando y lo acusen de asociación de malhechores, entre otras sutilezas, pues aun piensan que el populismo, aquel que se sustenta en dádivas y que ha sido ejercido por todos y para todos, es la mejor forma de mantener a un pueblo dormido, hambriento y triste de alma, mientras los políticos multiplican sus riquezas como si fueran esporas.
El pueblo, el principio y fin de la tragicomedia, se retuerce de indignación, aunque sin muchos méritos, pues ha sido cómplice silente de un esquema corrupto en tiempos de Odebrecht, empresa que aprovechó la sed de poder y de dinero de empresarios y políticos quienes, a fin de cuentas, se quedarán con todo lo hurtado, a pesar de la cháchara.











