La frontera terrestre que divide a República Dominicana de Haití, por lo menos en teoría, tiene casi 400 kilómetros de longitud. Es una franja que atraviesa la isla de Sur a Norte. Sin excepción, los pueblos en este trayecto tienen una característica en común: la pobreza material de su gente, pero al mismo tiempo la riqueza de un espíritu persistente que no se deja vencer por la incertidumbre.
Y hay que decirlo: las fronteras, en cualquier lugar del planeta, son un escenario natural para el intercambio comercial lícito e ilícito. República Dominicana, según cifras del Banco Central, exporta alrededor de US$1,250 millones al año, mientras que los haitianos, por lo menos de manera formal, no alcanzan los US$150 millones. Estos datos indican que la balanza comercial está a favor de los dominicanos en prácticamente 10 a 1.
No está en discusión que históricamente, como sucede con el mar, República Dominicana ha vivido de espalda a la frontera, desaprovechando el infinito potencial económico que tiene. El Oeste, en el argot cotidiano, no existe en este país. La gente común habla del Norte (Cibao), Sur, Este y la frontera. Salvo la excepción de Codevi, con el esfuerzo de Fernando Capellán, y otros empresarios, esta zona no ha sido valorada en su justa dimensión.
El mejor muro que puede levantarse en la frontera con Haití es económico. La instalación de industrias que generen empleos de calidad, formales y que agreguen valor a la economía, sería una opción segura para evitar que migrantes haitianos sin documentos lleguen a las ciudades dominicanas y, al mismo tiempo, se conviertan en una carga económica para el Estado a través de los servicios de salud. República Dominicana, por supuesto, debe defender la migración legal sin distinción de la nacionalidad.
Además de su valor económico, la frontera también es estratégica para la seguridad nacional. No sólo se trata de impedir la inmigración ilegal, sino lo que pueden (y cargan) traer quienes ingresan de manera irregular al territorio dominicano. La seguridad del país está en juego cada día en estos casi 400 kilómetros de línea divisoria entre Haití y República Dominicana, máxime cuando es harto conocido de la falta de controles e instituciones que funcionen del otro lado.
El Ministerio de Defensa dominicano tiene asignado un presupuesto de RD$29,834 millones para este año, del que un 60% se destina al cuido de la frontera. En esta área geográfica hay asignados, permanentemente, cerca de 5,100 soldados, aunque ahora pasan de 7,000 por las medidas de reforzamiento dispuestas por el presidente Danilo Medina.
Cada día, partiendo de estos cálculos, el país destina cerca de RD$50 millones para proteger nuestra frontera, recursos que resultan insuficientes si se relacionan con lo que se cuida. El ministro de Defensa, teniente general Rubén Darío Paulino Sem, tiene razón cuando afirma que “la seguridad está por encima de todo”, pues sin seguridad se pierde todo. Si los dominicanos no pueden hacer su vida en un ambiente seguro, jamás podrán desarrollar sus actividades económicas cotidianas como se debe.
La frontera tiene un valor estratégico y económico, por lo que protegerla es sinónimo de defender el país completo.







