En República Dominicana deberíamos cambiar sustancialmente el discurso sobre innovación y desarrollo tecnológico, así como redimensionar y ver con ojos críticos el actual Sistema Nacional de Innovación y Desarrollo Tecnológico (SNIDT). Y no se trata solo del discurso, sino también de mostrar fehacientemente una auténtica “voluntad de hacer” en tiempo récord.
Esta infraestructura, cuyo objetivo general es ofrecer apoyo sistémico a la generación o adopción de conocimiento útil, fue creada por resultar ser una prioridad de primer orden del Plan Nacional de Competitividad Sistémica (PNCS, 2005-2006), diseñado para pasar balance en 2020. Lamentablemente, este formidable instrumento de política fue literalmente abandonado y, hasta donde sabemos, nunca fue publicada una matriz de seguimiento y cuantificación de las múltiples metas, impactos y resultados previstos a lo largo de sus 186 páginas.
El Plan, que a partir de abril de 2007 ya contaba con el SNIDT, no tuvo en los hechos el apoyo multisectorial necesario. Quizás sea esta es una de las razones de la pérdida del interés estatal en su implementación rigurosa.
Si bien es cierto que sin el liderazgo y la visión estratégica del Estado no hay plan nacional que funcione, también es innegable que, sin la garantía del apoyo y aceptación de la clase empresarial, por lo menos de su vanguardia más proactiva y visionaria, cualquier ejercicio de este tipo termina en un (costoso) entretenimiento académico de un grupo de especialistas.
Para nosotros, en líneas generales, ese fue el lamentable resultado. A todas luces inaceptable si tomamos en cuenta que la iniciativa contó en todo momento con el apoyo de empresarios, funcionarios del gobierno -entre los que me encontraba yo enarbolando el tema de la calidad-, representantes de la comunidad académica y científica, y de la propia sociedad civil.
Lo cierto es que, al parecer, en este país se logran importantes consensos solo con el objetivo de olvidar en el mediano plazo los compromisos que implican esfuerzos, dedicación, cambio de cultura empresarial, superación del modelo clientelista patrimonialista, verdadero liderazgo estratégico estatal, propensión al riesgo y al cambio, y, en definitiva, transformación sustancial de un modelo económico con el que jamás podremos salir a combatir a la llamada “aldea global”.
Parecería más conveniente quedarse con el mercado haitiano y con nichos específicos del mercado norteamericano que desmontar la funcionalidad prevaleciente de competitividad espuria y efímera, lo cual supone en primera instancia la negación de la incorporación de progreso técnico a los procesos productivos (innovación), lo cual implica por necesidad incrementos masivos en la calificación de la mano de obra.
Hoy, transcurridas dos décadas y media desde el momento del pomposo lanzamiento de este primer PNCS, la justificación que se hiciera en él del Sistema Nacional de Innovación sigue conservando toda su frescura o actualidad: “Transitar hacia una economía basada en conocimiento implica que ésta tenga como base industrias intensivas en conocimiento y con mayor valor agregado, apoyadas en nuevas tecnologías, así como en optimizar la integración de las cadenas globales de valor. Las nuevas reglas del juego marcan que las actividades productivas no sólo están regidas por los factores de capital y trabajo, sino también por el capital humano y tecnológico, los cuales serán decisivos para cerrar la brecha de valor agregado con los clusters tecnológicos”.
Tanto desde los linderos empresariales como desde las gradas del Estado, ¿cuántas veces hemos oído repetir en las últimas dos décadas esta verdad de Perogrullo bajo modalidades estilísticas sectoriales diferentes? ¿Estamos en realidad retomando en el presente, desde perspectivas esencialmente diferentes, este tema tan fundamental para el futuro de la nación? ¿Deberíamos repasar con objetividad los argumentos, objetivos y metas de ese polvoriento PNCS, así como las recomendaciones de innumerables informes técnicos -bien pagados- sobre la situación real del país en materia de competitividad bien entendida?











