La industria es una prioridad nacional. Esto no está en discusión. De la única manera que República Dominicana puede generar valor agregado real es impulsando, de manera sostenida, los sectores productivos. Lo único que realmente le da independencia a un país es su capacidad de ser económicamente autosustentable. ¿Y cómo se logra? Con producción, máxime en un mundo donde el volumen de lo que se exporta e importa condiciona hasta la propia soberanía.
Todos somos industria, como llamó la Asociación de Industrias (AIRD) la estrategia que lanzó en presencia de la vicepresidenta Raquel Peña, no puede ser leída sólo como una frase de tres palabras. Su significado es demasiado amplio. Lo que buscan los empresarios es crear toda una cultura industrial entre todos los dominicanos.
Está demostrado que los países industrializados tienen mejores capacidades de superar crisis, pues no sólo están en una posición más cómoda para suplir la demanda interna en caso de problemas logísticos, como se vivió a raíz de la pandemia, sino que pueden responder más rápido al aumento del comercio internacional. Las economías en desarrollo, como la dominicana, han tenido que acudir al endeudamiento externo muy por encima de sus posibilidades y eso, de algún modo, tiene que ver con la carencia de reservas suficientes para enfrentar desajustes o choques económicos.
Todos somos industrias, entonces, debería ser asumido como un verdadero compromiso nacional en el que participen empresarios, gobierno, ciudadanía y todas las instituciones sociales, comunitarias y políticas. Esto requiere, por supuesto, no solo de retórica (que es necesaria para convencer y crear conciencia), sino de armar todo un plan de acción con intenciones reales de alcanzar la meta de convertir a República Dominicana en un país industrializado.
A propósito de esta crisis del covid, la industria ha sido capaz de mostrar sus mejores garras. Más del 80% de las empresas del sector mantuvieron las operaciones pese a la pandemia y a la fecha han podido reintegrar las 440,000 plazas directas de trabajo que generan. Por cada empleo hay otros siete de manera indirecta.
Es necesario pensar en grande y a futuro. La industria necesita no sólo de la voluntad de una parte de la población, es decir, no sólo de los que se benefician de manera directa con el valor agregado y los empleos que genera, sino que debería ser asumida como una política de Estado. En Asia hay países que pueden servir de inspiración. Mirar hacia esos modelos de desarrollo es un imperativo. Todos somos industria ahora debe pasar de la teoría a la práctica.








