En la entrega anterior de este artículo fue planteado el sombrío pronóstico hecho por el economista inglés Thomas R. Malthus respecto al eventual deterioro social producto de un crecimiento descontrolado de la población. Posteriormente, dado que este colapso nunca ocurrió a nivel global, sus ideas fueron parcialmente desechadas por las escuelas convencionales de pensamiento.
Sin embargo, a finales del siglo pasado la historia pareció reivindicar a Malthus, con el surgimiento de corrientes de corte medioambientalista que proponen que la finitud y el carácter no renovable de los recursos naturales colocan a la humanidad en una trayectoria que conduce al cataclismo ambiental y social. Más recientemente la amenaza del cambio climático, en especial el calentamiento global, ha revivido en algunos pensadores ese pesimismo respecto al futuro de la civilización.
Entre quienes sostienen esta postura se encuentran quienes consideran posible cambiar de curso, evitando así dicho cataclismo a través de la transición hacia fuentes de energía verdes y renovables. En el otro extremo, los más pesimistas arguyen que la humanidad ya cruzó el punto de inflexión después del cual el daño es irreversible y el desastre inevitable.
Sin embargo, la dinámica demográfica de las últimas décadas, sobre todo en China, Rusia, Japón, Corea del Sur y algunos países de Europa, ha dado lugar a la aparición de líneas alternativas de pensamiento que advierten un colapso de la sociedad por razones completamente opuestas a las que motivaron y motivan la postura malthusiana: un estancamiento o declive de la población. Recordemos que generalmente las sociedades atraviesan 4 fases demográficas: altas tasas de natalidad y mortalidad (fase I), caída en las tasas de mortalidad con natalidad alta (fase II), caída en la tasa de natalidad (fase III) y mortalidad y natalidad bajas y similares (fase IV).
El fenómeno observado en los países mencionados se da como resultado de la transición a la fase IV, e incluso algunos con tasas de natalidad por debajo de la de mortalidad, lo que algunos autores llaman fase V de la transición demográfica. Esos factores, que junto a una expectativa de vida más alta conducen a un envejecimiento de la población, auguran una mayor presión sobre los ya estresados sistemas de seguridad social, en especial los esquemas de pensiones. El problema es más grave aún para los estados que cuentan con fondos de pensión de carácter colectivista y/o de reparto.
De momento, Latinoamérica, la India y África gozan de una población eminentemente joven, tasas de fertilidad relativamente altas y, salvo por este último, una mortalidad baja, lo que los ubica en la fase II de la transición demográfica. Esto los coloca en una mejor posición para enfrentar, al menos en el mediano plazo, el reto poblacional planteado. De todas formas, si (o cuando) estos países y regiones que gozan del “bono demográfico” alcancen las fases III y IV, estarán ante una situación similar.
Se identifican al menos cuatro posibles soluciones, no necesariamente excluyentes, a esta potencial ‘catástrofe malthusiana inversa’. Algunas de ellas requieren de cambios institucionales importantes, mientras que otras exigen de coordinación y cooperación internacional. Por un lado, al menos en el corto y mediano plazo, una mayor apertura a la migración permitiría que la mano de obra se desplace a economías donde esta sea más necesaria. Esta opción enfrenta grandes obstáculos, dadas sus importantes implicaciones sociales y culturales para la población local, sobre todo con el resurgir reciente del nacionalismo y el proteccionismo. En esa línea,
Canadá, algunos países europeos y, hasta cierto punto, EE. UU. han mostrado diferentes grados de éxito integrando inmigrantes cualificados y no cualificados a su tejido productivo.
Una segunda opción es la prolongación de la vida laboral a través del aumento de la edad de retiro. Este mecanismo encuentra cierta resistencia entre la clase trabajadora (véase por ejemplo lo acontecido en Francia) y debe venir de la mano de una vejez más saludable y mejores condiciones laborales. Esta alternativa tiene está limitada por la expectativa de vida, que tiende a aumentar gradualmente y, por lo general, de forma decreciente.
Adicionalmente, la creación y mejora de incentivos a la maternidad/paternidad (licencias, guarderías, subsidios e incluso bonos…) es una iniciativa que viene implementándose en algunos países de Europa y Japón, con diferentes niveles de alcance y éxito. Por último, los avances en la automatización y robótica reducirían las presiones en el mercado laboral, a la vez que potenciarían la productividad. Este último escenario involucra importantes consideraciones redistributivas que, en el límite, abren la discusión sobre la implementación de un ingreso básico universal, tópico que será abordado más adelante en esta columna.
Por: Oscar Iván Pascual Vásquez













