Haití padece hoy su peor crisis económica, social y política en décadas. Su situación se ha expresado en una hambruna que afecta a más de cinco millones de su población. Las bandas armadas, en un Estado anárquico, imponen su regla y tronchan el futuro de bienestar que se merecen los haitianos.
La falta de institucionalidad, que no es más que el debido funcionamiento de las entidades del Estado que lo hacen ser funcional y con la autoridad necesaria, ha convertido a Haití en un verdadero caos. La desesperanza es el pan de cada día y no existe un sólo inversionista que se arriesgue a invertir un solo dólar en esa desdichada nación.
El vacío de poder, tras la renuncia del primer ministro Ariel Henry, presionado por las bandas que hoy dominan el país, ha dejado a la intemperie a la ciudadanía.
Hay que decirlo, aunque duela: los haitianos están desnudos ante cualquier derecho humano. Su crisis sólo se agrava conforme pasan los días sin que, al parecer, nadie pasa de las palabras a los hechos.
La estabilidad social se logra con la combinación de dos factores: certidumbre económica y política. En Haití, lamentablemente, no existe ni una ni la otra.
Haití debe llegar a un acuerdo intersectorial, echando a un lado los intereses particulares y enfocarse en lo que verdaderamente será beneficioso para todos: la recuperación de la confianza.
República Dominicana, por otro lado, ha logrado ser el gran ejemplo de crecimiento y estabilidad social, política y económica. Estos elementos han sido fundamentales para alcanzar niveles de bienestar muy superiores a los de Haití, a pesar de compartir una misma isla y con recursos naturales parecidos.
Todo indica, a juzgar por los resultados, que la gran diferencia ha estado en la forma en que ambos Estados ha sido gestionados durante su existencia. Haití fue el primer país libre de América, luego de Estados Unidos, y la primera nación negra en lograr su independencia en todo el mundo. Esto no le ha servido de nada, aunque debería ser todo lo contrario.
Como país vecino, con un potencial agropecuario, turístico e industrial, Haití debería tener un destino que garantice oportunidades para su población.
En lo que al nuestro respecta, tenemos retos por superar. Sin embargo, lo que sucede en Haití está muy lejos de lo que podríamos llegar a ser si continuamos apostando por la estabilidad.








