El mercado asegurador tiene la obligación de reaccionar ante los desafíos que el incremento, la frecuencia y la severidad de los riesgos están generando, especialmente en lo que respecta al cambio climático y la ciberseguridad. Sin embargo, tampoco podemos perder de vista que el crecimiento económico y la inflación influyen en este ámbito, debido a la creciente concentración de bienes y la complejidad de sus operaciones.
Es imprescindible que las aseguradoras pasen de un enfoque reactivo a uno más proactivo, innovando para ofrecer respuestas sostenibles a las circunstancias que van surgiendo en el desarrollo de los mercados.
Esto les permitirá mantener su rentabilidad a pesar del aumento de las pérdidas y de la inflación, que también encarece los reaseguros, a los cuales están obligadas con estándares de calidad cada vez más exigentes.
Un aspecto muy importante en esta actividad económica es el recurso humano. El personal es clave para ofrecer un servicio de mayor calidad y más personalizado, ya que los productos de seguros requieren un diseño diferenciado, adaptado a las particularidades de cada cliente.
Por ello, la calidad del equipo de una aseguradora es fundamental. La organización debe ser consciente de la importancia de contar con personas comprometidas con los objetivos de la institución y con la formación profesional necesaria para brindar respuestas adecuadas y convenientes para todas las partes involucradas.
Nuestro mercado carece de una conciencia clara sobre la importancia de los seguros y, aún más, sobre el conocimiento de los productos disponibles para satisfacer sus necesidades. Por ello, tanto las aseguradoras como los productores asesores y los organismos supervisores deben hacer un esfuerzo mayor para involucrar al asegurado, ayudándolo a comprender y gestionar sus necesidades y posibilidades para adquirir lo más conveniente.
Al regulador le corresponde velar por la estabilidad financiera del sector y garantizar la buena relación y respuesta de las aseguradoras hacia sus clientes. En el pasado, ya hemos enfrentado -y aún sufrimos- las consecuencias de quiebras de aseguradoras que no contaron con la supervisión de calidad que el mercado requiere.
Los clientes, en su mayoría, desconocen la legislación y las obligaciones legales de una aseguradora, por lo que no tienen herramientas para discernir entre la calidad, la confianza y la seguridad que ofrecen las distintas empresas a la hora de cumplir con sus compromisos.
Asimismo, en el sector existen muchos inversionistas involucrados en el negocio sin la conciencia ni la capacidad requerida. También hay asesores, corredores e intermediarios de seguros con una formación profesional deficiente, que han sido incorporados por relaciones familiares o de conveniencia con grupos de asegurados, funcionarios con influencia en sectores empresariales o del Estado.
Muchos de ellos carecen de las condiciones necesarias para diseñar programas de seguros adecuados, lo que obliga a las aseguradoras a intervenir, aunque esto no siempre sea lo mejor para el cliente.










